viernes, 19 de diciembre de 2014

El nuevo pueblo de Dios: Lección 15 del curso historia de la salvación

Al final del escrito el audio de esta lección





Como fruto máximo de la muerte y resurrección de Cristo, el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, se derrama a todos los hombres para ser introducidos en el misterio de salvación. Este acontecimiento es el que nos constituye como Iglesia de Cristo, el medio que Cristo ha dejado para conducir a los hombres a la salvación. Por el Espíritu Santo todos los bautizados formamos una Iglesia viva y dinámica, decidida por instaurar el Reino de Dios.


Esta lección nos ayudará a comprender ¿Qué es la Iglesia en sus líneas esenciales?, y ¿cómo es que nosotros los bautizados formamos parte de ella? ¿Cuál es nuestra responsabilidad? Descubriremos definitivamente que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, sin el cual no podrá existir.

Para empezar nuestra lección rezamos el Salmo 111 que presenta a Israel como el pueblo elegido en el que Dios se complace para realizar sus maravillas. Hoy en día, este pueblo es su Iglesia que como veremos a lo largo de la lección es creada por Cristo para que los hombres de todos los tiempos lleguen a su conocimiento y experimenten su salvación. Después de rezado el Salmo, hacemos la siguiente oración:

«Señor, tú que te has dignado por medio del Bautismo concedernos tu Santo Espíritu, haz que nos sintamos cada vez más integrados a tu Iglesia y al mismo tiempo más responsables de la misión de salvación que tú le has encomendado» (Padre nuestro, Ave María y Gloria).

Veamos:

PENTECOSTÉS

Hech 1, 14
Conforme a las instrucciones de Jesús, los apóstoles no se apartaron de Jerusalén (cfr. Lc 24, 49) donde debían permanecer hasta que fueran revestidos de la fuerza que viene de arriba o sea el Espíritu Santo. El evangelista san Lucas que también es autor de los «Hechos» señala que además de los apóstoles había «alrededor de 120 hermanos» (Hech 1, 15).

«Todos ellos perseveraban siempre en la oración»

La oración es indispensable para la recepción del Espíritu Santo. Esta actitud de los apóstoles muestra a todos los seguidores de Cristo que si queremos cumplir con la misión encomendada tenemos que recibir el Espíritu Santo. Por ello tenemos que disponernos mediante una oración profunda y deseosa de este don máximo. Nunca el Espíritu Santo llega a un alma floja y comodina, ni es fruto de la casualidad; como todo don de Dios, es preciso acogerlo con fe y pedirlo con insistencia. Recordemos el episodio evangélico del amigo inoportuno (cfr. Lc 11, 3- 13).

«En compañía de María, la madre de Jesús»

La presencia de María en medio de la comunidad apostólica es determinante para el Pentecostés. Ella indisolublemente ligada a Cristo, el Señor, por ser su madre, une a todos los creyentes. Su confianza absoluta en el resucitado, su paciencia y esperanza comunica a los discípulos la fortaleza en la oración. Ella es el espejo que atrae los rayos del sol para hacer posible el incendio del Espíritu Santo.

Las cualidades de María como la dulzura y la humildad la hacen particularmente fuerte a la tentación del tedio y del desánimo. Por ello, todo aquel que se acoge a María encuentra el modo de permanecer vivo en el Espíritu. María es la garantía para la posesión del Espíritu Santo y para la marcha de la Iglesia. También hoy en la Iglesia los hombres recibimos la vocación y misión de no abandonar la ciudad y de permanecer en oración para que unidos a María, la madre de Jesús, esperamos la promesa del Padre, que nos hará testigos de Jesús hasta los confines de la tierra.

Hech 2, 1- 4
El Espíritu Santo irrumpe con fuerza en la comunidad cristiana, al modo de un «bautismo de fuego» (cfr. Lc 3, 16). El ruido, el viento, las lenguas de fuego, expresan el «soplo» de Dios que comunica la vida a aquella comunidad reunida para hacerla una Iglesia dinámica.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Su presencia empuja al hombre a anunciar a todo el mundo las maravillas de Dios. Sin Él la Iglesia sólo sería un grupo social y el Evangelio una teoría.

Los elementos que rodean este acontecimiento revelan al Espíritu de Dios como la fuerza capaz de generar el movimiento necesario para la extensión del Reino de Dios. El ruido venido del cielo nos hace entender que cuanto sucede viene de Dios, al modo de la voz que Jesús escuchó en su Bautismo (Lc 3, 22). El fuego tiene sentido de purificación de todo miedo y reserva; indica la presencia del Dios de amor que enciende los corazones para lanzarlos a la misión evangelizadora. Las lenguas simbolizan que los apóstoles quedan constituidos servidores de la Palabra, tanto proclamadores como oyentes.

El versículo primero «reunidos en un mismo lugar» también evoca una unión de sentimientos y voluntades, que pone en evidencia que Pentecostés es un hecho esencialmente comunitario, por el que la Iglesia naciente se pone al servicio de una misión universal. La tarea que Cristo confía no es para individuos aislados sino para una comunidad llena del Espíritu Santo.

Hech 2, 5- 13
Pentecostés puede ser considerado dentro de la Historia de la Salvación como un acontecimiento inverso al episodio de la Torre de Babel. Aquella historia explica por qué un solo pueblo planeado en la mente de Dios por soberbia del hombre fue deshecho en muchos grupos de habla distinta. Ahora, por virtud del Espíritu Santo, todos los pueblos pueden entender en su propia lengua las maravillas de Dios (v. 8).

Lo portentoso de Pentecostés está en que los apóstoles pudieron comunicar de modo comprensible el primer mensaje de salvación. Esta es la dimensión universal confiada a la Iglesia que hasta nuestros días sigue siendo un gran desafío: Hablar de Dios a hombres de lenguas y culturas variadas de modo que puedan entender y sentirse cuestionados y comprometidos.

Podemos distinguir pues, en la fuerza impulsora del Espíritu Santo un doble movimiento como el que se encuentra en un cuerpo que gira alrededor de un punto. Por un lado una fuerza llamada centrípeta que acerca al cuerpo hacia su centro de giro. Para nosotros sería la comunión o unión entre los mismos cristianos y por otro lado la fuerza centrífuga que representa al empuje misionero. Un grupo eclesial o una persona que ha sido renovada y llena del Espíritu Santo se reconoce por su ansia de comunicar el evangelio. El cincelazo No. 789 nos dice: «Cuando no se tiene el Espíritu Santo, no se puede difundir la Palabra de Dios».

Hech 2, 13- 41
El Espíritu Santo transforma la vida personal de todo hombre. Los apóstoles son los primeros en experimentar el fuego abrasador del Espíritu que los quema e impulsa a testimoniar con valentía a Jesús resucitado. Es así como Pedro es transformado en un predicador vehemente de la palabra evangélica que encuentra el modo de hablar y comportarse ante la multitud. El Espíritu Santo es la fuente especial de valentía y ánimo del predicador que garantiza eficacia para la misión.

Todo creyente convertido y renovado en el Espíritu es capaz de hablar de Dios. Pedro era un hombre de poca cultura y preparación pero en Pentecostés recibió muchas cualidades como la franqueza, la lealtad y valentía y otras muchas habilidades necesarias para la extensión del Reino. Los evangelios presentan al Espíritu Santo como un viento que no podemos ver pero sí sentir sus efectos en nuestra vida. La alegría y el entusiasmo misionero manifiesta la presencia amorosa de Dios. Sólo el amor generado por el Espíritu garantiza un servicio entusiasta en la evangelización. «Si alguien no se lanza porque no quiere o no le importa, es porque no cuenta con la fuerza del Espíritu Santo» (Czo. No 790).

LA PRIMERA COMUNIDAD CRISTIANA

Hch 10, 34- 46; 2,39
«Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencias entre las personas» (Hch 10, 34) fueron las palabras de Pedro al observar que el Espíritu Santo se derramaba igual en judíos que en paganos. Dios ama a todos los hombres y quiere que se salven. Por ello envía su Espíritu para que podamos lograrlo. Es el fruto máximo que Cristo nos otorga por su muerte y resurrección (cfr. Jn 19, 33- 34).

El Espíritu Santo es un don que alcanza a todos los que lo piden y desean; no tiene distinciones ni fronteras de ninguna especie.

Muchas veces el encerramiento y egoísmo de algunos grupos apostólicos, les hacen pensar que el Espíritu es privilegio de almas selectas; lo cual es un soberano error. Todavía hoy seguimos sorprendiéndonos al ver como «Dios regala y derrama el Espíritu Santo sobre los paganos». Uno de los peligros que afronta la Iglesia es cerrarse sobre sí misma y caer en sus prejuicios conservadores, dejando de ser católica, es decir, «universal» e impidiendo la extensión de la misión.

La primitiva comunidad cristiana, fortalecida y llena del Espíritu nos da la pista para saber cuál era su «secreto».

*Acudían asiduamente a la enseñanza apostólica

Los apóstoles se encargaban de transmitir la Palabra de Dios que desde aquel tiempo tuvo lugar de honor en la asamblea comunitaria. Un cristiano que no se acerca a la Palabra de Dios permanece ajeno al acontecimiento salvífico. Hoy como ayer, como decía san Jerónimo: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».

*La convivencia

Hemos aprendido que la recepción del Espíritu Santo es en esencia un hecho comunitario; nunca se da en plano individual o egoísta. La fraternidad o unión de corazones es consecuencia de la presencia del Espíritu Santo y viceversa,. Sin vivencia de comunidad no hay Pentecostés verdadero. Lo dice el cincelazo No 803: «El egoísmo impide llenarnos del Espíritu Santo».

*La fracción del pan

Podemos entender la expresión «fracción del pan» como un banquete o convivencia, pero más seguramente se refería ya, a la Eucaristía que es el punto culminante en la renovación espiritual de la comunidad cristiana pues en ella está todo el dinamismo. La lección anterior ¿Por qué nos dormimos en Misa?, quiso subrayar que por desconocimiento de la celebración eucarística, ésta no es aprovechada plenamente.

*Las oraciones

Por exagerado que parezca, el afirmar: «Quien no ora no tiene el Espíritu Santo»: Es una realidad. El Espíritu Santo se da sólo a las almas de oración, lo cual no es un recuerdo de que Dios existe, sino la súplica constante que sale de nuestro corazón para implorar su presencia.

Hech 2, 46- 47
Lo característico de la comunidad cristiana es la convivencia fraterna en un ambiente de alegría y sencillez. ¡No hay alegría sola! La auténtica y contagiosa felicidad es la que brota del encuentro con Cristo que se comparte con los demás y acrecienta la caridad fraterna. Quizá la razón por la cual hay tantas deserciones de la Iglesia es que hemos dejado de ser la comunidad pujante y atractiva que transformó al mundo; las celebraciones se han convertido en actos formales y fríos que alejan a los que buscan al Señor. Hay muchos católicos tristes que nos confirman que la crisis de la Iglesia católica es la ausencia del Espíritu Santo.

LA MISIÓN

Hech 9, 1- 6: 27, 1-44
Se dice que el libro de los Hechos de los apóstoles es el evangelio del Espíritu Santo ya que éste se nos revela como el protagonista de la misión evangelizadora. En el libro gira todo al rededor del Espíritu que inspira, mueve, convierte y empuja la obra de la conversión de los hombres, los cuales funcionan como instrumentos. Un ejemplo de ello es la conversión de san Pablo que de perseguidor de los cristianos pasó a ser el gran apóstol de los paganos.

Es un error pensar que Pablo era un hombre malo y sin corazón que se convierte de golpe y porrazo al caer del caballo. Pablo es un judío piadoso y militante decidido que cree estar haciendo el bien librando al pueblo de una «secta peligrosa». Pero al encontrarse con Cristo camino a Damasco descubre su soberbia y orgullo. No obstante, Dios lo había elegido desde siempre a ser un «instrumento valioso» (v. 15).

Al quedar «lleno del Espíritu Santo» Pablo será apóstol porque Cristo le ha encomendado la tarea de anunciar el Reino de Dios a los pueblos paganos. Su amor a Cristo y su personalidad vigorosa le hicieron vencer de modo extraordinario las numerosas pruebas por las que pasan los enviados de Cristo. Su respuesta generosa a los planes de Dios que le revelaba el Espíritu Santo que se fundaron numerosas comunidades que eran fermento de vida cristiana. No hay que dejar de leer sus cartas que nos revelan su profunda vivencia del evangelio. Es el modelo del apóstol que proclama la fe y nunca deja de contar su propia experiencia con Cristo resucitado.

TAREA mandarla al correo:

1.- Explica brevemente qué papel desempeña el Espíritu Santo en la Iglesia.

2.- ¿Cuál es el «secreto» de la comunidad cristiana primitiva para permanecer llena del Espíritu Santo?

3.- ¿Cuál es la misión que Cristo confió a san Pablo?


4.- Lee y comenta una de las cartas de san Pablo.





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