viernes, 19 de diciembre de 2014

Notas complementarias de los santos e imágenes: Lección 06 del curso historia de la salvación

Abajo la dirección donde puedes escuchar el audio de esta lección

En los Diez Mandamientos que Dios entregó a Moisés hay frases y expresiones muy fuertes que parecen prohibir nuestra devoción a los santos y al uso de las imágenes. Los hermanos protestantes, valiéndose de estos textos, se empeñan en demostrar que los católicos somos unos idólatras y que no cumplimos con la palabra de Dios al no observar estos mandamientos. Por ello, nuestra lección está dedicada a aclarar estas dudas con la misma palabra de Dios y a la luz de la fe.

¿QUIÉNES SON LOS SANTOS?

En la Sagrada Escritura encontramos el sentido de la palabra «santos» al referirse a las personas servidoras de Dios que habían aceptado en su vida a Cristo (Hech 9, 32. 41; 1 Cor. 1, 2; Fil 1, 1). Así podemos nosotros definir simplemente a un santo como una persona que se esfuerza en vivir con Cristo siempre con mayor empeño. San Pablo al inicio de sus cartas se dirigía así a sus fieles que con el esfuerzo cotidiano de sus oraciones y trabajos trataban de ser más perfectos en su entrega a Dios.

Así pues, los santos no son ni unos iluminados, ni ángeles bajados del cielo, sino hombres de carne y hueso que, con sus defectos y virtudes e independientemente de su estado o régimen de vida viven plenamente el llamado de Cristo a la perfección.

Entre la gran multitud de santos que ha habido a lo largo de la historia, la Iglesia ha señalado unos pocos que por ser particularmente agradables a Dios son modelo de caridad y virtud. El concilio Vaticano II subraya que los santos «son dignos de recibir culto por ser ejemplos de vida típica cristiana y por ser principalmente aceptables a Dios por su íntima unión con Cristo y conformidad a su voluntad» (LG 50).

Como consecuencia de su amistad profunda con Cristo la intercesión de los santos por nosotros es muy eficaz. Los hermanos protestantes piensan que no es según la Biblia recurrir a Dios por medio de otros, afirman que ha Dios solamente se puede llegar por medio de Cristo que es el único Mediador (1Tm 2 ,5). No hay ninguna duda al respecto, Cristo es el único Mediador, lo que la Iglesia católica añade es que los santos no son otros mediadores distintos de Cristo, sino extensiones de su misma misión.

En los Hechos de los Apóstoles vemos muchos casos en los cuales Dios no actúa directamente, sino que se vale de sus siervos los santos. Recordemos como Saulo recobró la vista por medio de Ananías, un hombre santo, y no directamente por Cristo con quien se había encontrado (Hech 9, 19).

Muchos enfermos fueron sanados por los apóstoles y aun cuando Cristo estaba con ellos no se dirigían directamente a Él, no obstante recibían las gracias deseadas «...tanto que sacaban a los enfermos a las calles en camas y camillas, para que cuando Pedro pasara, al menos, su sombra cubriera algunos de ellos. Acudía mucha gente, aun de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados por espíritus malos, y todos quedaban sanos» (Hech 5, 15- 16). Dios no tiene celos de sus siervos, sino que por medio de los milagros y favores que realiza a través de ellos manifiesta que su vida le es muy agradable. Es en los humildes donde resplandece la gloria y la grandeza de Dios.

Otro concepto importante en cuanto a nuestra devoción a los santos, es la comunión que establecemos con ellos en la Iglesia. Todos los cristianos somos hijos de Dios y formamos una familia. La vida de cada uno de nosotros está ligada admirablemente a Cristo y a los santos en virtud de nuestro Bautismo.

Por lo mismo, hay un constante vínculo de amor que ni la muerte puede romper. La vida santa de estos hombres aprovecha a toda la Iglesia; ellos son nuestros amigos que constantemente abogan por nosotros. Santa Teresita del Niño Jesús quiso que en el epitafio de su tumba dijera: «Sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo» (Mt 5, 48). Ellos con su testimonio y su palabra animan a toda la Iglesia a tener la santidad como la exigencia primordial de la vida cristiana. La madre Teresa de Calcuta, una santa de nuestros días, nos exhorta: «La santidad no es un lujo de unos pocos, sino deber de todos».

Dejemos atrás la imagen sufriente y aburrida que tenemos de los santos; el santo es por excelencia el bienaventurado que está dispuesto a todo con tal de ganar a Cristo. San Agustín al escuchar los testimonios de los mártires se repetía a sí mismo: «Si este y este otro pudieron, ¿por qué yo no?

Tenemos en la Iglesia modelos de santidad para todos los niveles y estados de vida para no pensar que para hacerse santos es necesario entrar a algún convento. Todos los laicos están igualmente llamados a la santidad. Santa Brígida y Santo Tomás Moro lograron en su propia condición de laicos la más alta perfección cristiana.

La devoción a los santos no consiste, como sucede en nuestros pueblos, en derrochar dinero y esfuerzo, en una fiesta pagana y superficial, sino en un compromiso serio por imitar sus virtudes. Imitar no quiere decir copiar, sino inspirarnos en lo que ellos han hecho para animar nuestra propia vida espiritual. Las lecturas de la vida de los santos, recurrir a su intercesión y divulgar su conocimiento son expresión de una buena devoción. Quien apele o contradiga la devoción que los católicos tenemos a los santos construirá una Iglesia fría y sin testimonio de vida. Recordemos que el cristianismo desde sus primeros siglos guardó en su memoria a los mártires y a los confesores como ejemplos conmovedores para todos los tiempos.

Todos estamos igualmente exigidos a la santidad. Los obispos cumpliendo con empuje, humildad y fortaleza su ministerio; orando santificando y predicando, no temiendo dar la vida por sus ovejas. El presbítero tiene que santificarse orando y ofreciendo el sacrificio de la Santa Misa por el pueblo cada día con mayor celo por la salvación de las almas. Los religiosos igualmente han sentido el llamado de Dios a una vida más radical de perfección. Los laicos, sea cual fuere su actividad, o situación temporal están llamados a servir a Dios y a anunciar el Evangelio. No son cristianos de segunda clase, sino los responsables de la evangelización en el mundo actual.

Pongamos un ejemplo: Para circular por una autopista es necesario alcanzar cierta velocidad, por ejemplo 100 km. por hora y con un vehículo en buenas condiciones. ¿Qué pasaría si yo me decido a tomar la autopista trayendo como vehículo un carrito jalado por mulas? Imagínense el embotellamiento que que ocasionaría, sin querer hablar de los destrozos y accidentes. La gente me gritaría enfurecida: ¿Cómo se atreve este imprudente a circular por esta autopista de alta velocidad? ¡Y con esa clase de vehículo! Así pues, el hombre que, llamándose cristiano no se fija como exigencia la meta de la santidad, ocasiona embotellamientos, estropea el camino y, lo que es peor, impide el paso a otros que quieren alcanzar la meta. Ya comprendemos entonces por qué las cosas de nuestro mundo andan como andan pues, los que debemos dar testimonio de Cristo y su Evangelio no lo hacemos.

¿ESTÁN PROHIBIDAS LAS IMÁGENES?

Seguramente ha llegado hasta la puerta de nuestra casa algún hermano protestante que con los textos Ex 20, 4; Deut 4, 16; Lev 26, 1;... quieren convencernos de que tener imágenes va contra los mandatos de Dios. Al leer los textos, efectivamente descubrimos que Dios prohíbe severamente las imágenes y las estatuas.

Dios no hace prohibiciones por capricho o sin explicación, por ello conviene que nos preguntemos cuál es el motivo de su mandato. La respuesta la tenemos en los mismos textos citados: «No te hagas estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les des culto porque yo Yahvé tu Dios soy un Dios celoso...» (Ex 20, 4- 7).

Lo que Dios prohíbe es construirse o tener otros dioses. El pueblo judío esta propenso a eso ya que a diferencia de otros pueblos, no contaba con una imagen de Dios. Por lo mismo, cuando Dios los hacía pasar por pruebas, tenían siempre la tentación de recurrir a los ídolos de pueblos vecinos los cuales podían ver y tocar. De ahí el mandato severo de Dios prohibiendo las imágenes, aunque no absolutamente. Esto lo podemos ver claramente leyendo el Ex. 25, 18, donde Dios mandó esculpir dos querubines para adornar el arca de la alianza. «Así mismo harás dos querubines de oro macizo labrados a martillo y los pondrás en las extremidades del lugar del perdón uno en cada lado».

Otro ejemplo en Núm. 21, 8 donde Dios manda a Moisés: «Haz una serpiente de bronce, ponla en un palo y todo el que la mire sanará».

Dios mandó esculpir estas imágenes con el fin de mostrar su gloria y su poder. Mientras no hubiera peligro de tomarlas como dioses, Dios las mantenía. Pero el día en que el pueblo cree que la serpiente es una divinidad Dios ordena destruirlas.

«Suprimió los santuarios de las lomas, quebró los cipos y cortó los troncos sagrados. También destruyó la serpiente de bronce que Moisés había fabricado en el desierto, pues hasta ese tiempo los israelitas le ofrecían sacrificios y la llamaban Nejustán».

Hay todavía otros textos que demuestran claramente que Dios no prohíbe el uso de las imágenes, lo que prohíbe es la idolatría. (1Re 6, 23- 29). En el nuevo testamento nos encontramos que Cristo las condenó (Mc 12, 16- 17).

Desde los primeros tiempos cristianos, la Iglesia se sirvió de imágenes en el culto, así lo muestran las pinturas y esculturas encontradas en las catacumbas y a lo largo de la historia a pesar de las objeciones protestantes, los concilios han reconocido la legitimidad del uso de las imágenes, repitiendo que a las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los demás santos se les debe rendir honor y veneración no porque en sí mismas tengan algo divino, sino porque la persona que representan merece este culto.

Cuando somos testigos del culto superstición lleno de errores e idolatrías que realizan hermanos católicos que ignoran la palabra de Dios, llegamos a pensar que con razón hablan así los protestantes. Pero cuando este culto de las imágenes se hace dentro de una buena evangelización, éstas prestan un magnífico servicio: Ornamento, enseñanza y motivación para la oración. No hay templo católico que no se vea adornado por pinturas y esculturas; así también los ignorantes y la gente sencilla más fácilmente captan los misterios divinos a través de éstas. No hay católico que no tenga en gran estima los crucifijos y las bellas imágenes de Cristo y de María y no los mueva a la oración y a la piedad cristianas.

Especialmente las imágenes sagradas y milagrosas, pensemos en la la imagen de la Virgen de Guadalupe, ejerce un gran influjo de la vida espiritual de los hombres. Su veneración alimenta su esperanza y su deseo de Dios.

Es necesario señalar también la diferencia que hay entre adorar y venerar. Adorar es el culto absoluto que debemos rendir a sólo Dios y venerar es honrar y estimar en alto grado a los santos y a sus imágenes. Respecto a la Virgen María la veneración que le tenemos es en grado sumo, distinta y superior a la de cualquier otro santo.

Por eso no hay persona en el mundo, a excepción de los protestantes, que piense que Dios prohíbe las imágenes. Habría que preguntar a ellos mismos si en su casa no tienen alguna foto de un ser querido. Las imágenes son pues el recurso para ayudarnos a tener presente a Dios en cualquier momento y situación.

¿SE PUEDEN VENERAR LAS RELIQUIAS?

Para empezar trataremos de explicar, ¿qué es una reliquia? La palabra originalmente significa «restos» refiriéndose al cuerpo o una parte del mismo. En un sentido más amplio podríamos decir que una reliquia es una prenda, objetos o restos que pertenecieron en vida a algún santo.

Desde el Antiguo Testamento encontramos testimonios de por qué la Iglesia ha venerado las reliquias veamos el texto (2 Re 13, 2). «Resulta que en ese momento unas personas estaban sepultando a un difunto, cuando divisaron a los moabitas. De prisa tiraron el cadáver al sepulcro de Eliseo y se pusieron a salvo. Pero el hombre, al tocar los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso en pie».

La eficacia para ayudar que tienen las reliquias no la tienen en virtud de ellas mismas, ni es cosa de superstición, sino porque su culto está íntimamente ligado al culto de los santos. Porque los cuerpos de los santos fueron presencia misma de Cristo, y templos vivos del Espíritu Santo por medio de los cuales Dios obra muchos beneficios.

En el Nuevo Testamento encontramos otros tantos testimonios del uso de las reliquias que demuestran que el culto a ellas no se opone en nada a la enseñanza de la Biblia. En Mt 9, 20 encontramos cómo una mujer quedó sanada al tocar el manto de Jesús. En Hech 5, 15 se nos describe la curación de muchos al ser tocados por la sombra de Pedro. En Hech 19, 11- 12, leemos: «Dios obraba prodigios poco comunes por las manos de Pablo, a tal punto que ponían a los enfermos pañuelos o ropas que él había usado, y sanaban de sus enfermedades; también se alejaban de ellos los espíritus malos».

La primitiva Iglesia honró las reliquias de los mártires y de los santos confesores. Este culto empezó con San Ignacio, del cual la Iglesia de Antioquía guardó su cuerpo como algo muy precioso celebrando todos los años el aniversario de su martirio. El mismo San Agustín expresó la razón de venerar las reliquias: «No a los mártires, sino a Dios levantamos los altares, ¿qué obispo, en presencia de los cuerpos santos se ha atrevido a decir: Te ofrecemos a ti Pedro, o Pablo o Cipriano? Lo que ofrecemos se ofrece a Dios que corona a los mártires».

De esos tiempos procede la tradición de edificar los altares y templos sobre las reliquias y los sepulcros de los mártires. Por el gran número de prodigios que se obraban por el contacto con las reliquias, su culto facilitó y multiplicó.

Este culto a las reliquias tiene sus peligros y sus desviaciones: Por un lado la superstición, pues sin duda mucha gente recurre a ellas con una idea mágica y por otro lado la curiosidad de los que esperan ver cosas extraordinarias alrededor de están prendas. Estos peligros han ridiculizado el verdadero culto hacia las reliquias que estás íntimamente ligadas a la persona de los santos. Las reliquias son algo material y visible puesto que se trata de un cuerpo físico en el que hay que admitir una intervención divina que logra el prodigio.

Otra cuestión importante es la legitimidad y reconocimiento con el que deben contar las reliquias. Fácilmente pueden prestarse a engaños y los ignorantes de la palabra de Dios tomar como auténticas reliquias falsas.

La veneración y el contacto con las reliquias serían actos supersticiosos si no se tuviera la convicción de una intervención divina que se pide por la intercesión del santo. Aunque como en el caso de las imágenes, la devoción o piedad queda a libertad de los fieles, no hay duda que para muchos santos y almas devotas han representado un gran incentivo para la oración en momentos de prueba.

Aquí puedes escuchar el audio de esta lección: 



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1. Haz una encuesta entre por lo menos diez vecinos tuyos tomando como base las tres preguntas resueltas en la lección:

a)     ¿Quiénes son los santos?

b)     ¿Están prohibidas las imágenes?

   c)    ¿Se pueden venerar las reliquias?


2. En base a las respuestas recogidas, plantea las posibles soluciones al desconocimiento de la palabra de Dios.

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