viernes, 19 de diciembre de 2014

David, el rey según el corazón de Dios: Lección 08 del curso historia de la salvación




Abajo del escrito el audio de esta lección

Esta lección nos ayudará a tomar conciencia de la gran debilidad y flaqueza del hombre. La historia de la salvación nos mostrará también que aun los grandes ante Dios, como el rey David, son objeto de fracasos y graves pecados. Pero ante este cuadro realista y triste brilla la misericordia de Dios que está más atento, en levantar al hombre de sus caídas que en señalar culpables.

Empecemos nuestra lección haciendo esta pequeña oración: «Permítenos, Señor, entrar en el misterio de tu amor y misericordia, para junto con todos los bienaventurados cantar tus maravillas al mundo. Amén». (Ave María y Gloria).

Recordatorio de la lección anterior:

Después de las duras luchas y sufrimientos el pueblo de Israel llegó a la tierra prometida. Comparábamos que del mismo modo, el cristiano tiene que luchar y sufrir para alcanzar la patria celestial. Una vez que llegó a la tierra prometida el pueblo se olvidó de Dios y experimentó el azote de los vecinos que querían explotarlo y oprimirlo. Dios en su infinita bondad suscitó a los jueces con la misión de sacudir al pueblo de sus opresores.

Los jueces son estos líderes dotados de algún don especial que Dios suscita para ayudar al pueblo. Analizamos el caso de Sansón al que Dios regaló el don de la fuerza física para derrotar a los filisteos. No obstante, Sansón en lugar de ayudar a su pueblo perdió tiempo haciendo alarde de su fuerza y dejándose llevar por sus pasiones. Tal actitud nos hacía reflexionar cómo ponemos en servicio los dones que Dios no ha dado y cómo influyen nuestros defectos en la misma misión.

Al final, Sansón pudo realizar a medias la misión confiada, dejándonos como ejemplo que si no hay entrega absoluta a Dios nuestras fallas impiden el servicio y poco se puede hacer para ayudar a tantos hombres oprimidos por el vicio y el pecado.

EL PUEBLO PIDE UN REY

1Sam. 8, 5-22
El pueblo se ha cansado de ser dirigido por el anciano Samuel y quiere tener ahora, como los pueblos vecinos un rey para que los gobierne. En cierta forma, el pueblo no rechaza a Dios, sino que se da cuenta de la necesidad de un rey que con brazo fuerte unificará al pueblo dividido y lo encaminará a la prosperidad.

Dios nuca se niega al progreso del hombre y va a concederle este petición. Pero antes, le advertirá las desventajas del gobierno humano: Primeramente al cerrarse a los consejos divinos, el gobernante se convierte en tirano que oprime y toma por esclavo al pueblo. Es una experiencia que se comprueba en la historia los sistemas totalitarios, como el comunismo que desarraigan la religión y acaban, con libertad e iniciativas personales, se convierten en organizaciones destructoras de los derechos humanos. Así es, en efecto, descansar nuestra responsabilidad personal en otro suele tener caras consecuencias. Una política de pocos crea una dictadura que no deja campo para Dios. Bien lo decía Gandhi «una política sin religión es una porquería». No obstante estas advertencias el pueblo quiso tener un rey para que lo encabezara en los combates y peleara por él.

1Sam. 9, 11-27; 10,1-3
Saúl era un muchacho pobre y sencillo que buscaba las burras extraviadas de su padre, cuando fue llamado por Samuel para ser ungido como rey de Israel. Desde aquel día, el espíritu de Yahveh permaneció en él y condujo al pueblo a numerosas conquistas. Grandes fueron las victorias que Saúl obtuvo porque se mostró dócil y obediente a los planes de Dios.

Con el reinado de Saúl, el pueblo de Israel comienza una nueva etapa en su historia. El profeta Samuel representaba la tradición antigua, por ello rechazaba esta forma de gobierno, que aparentemente negaba a Dios. En cambio, los reyes, representan la iniciativa del hombre para lograr una forma más justa de gobierno. Pero para evitarle un fracaso al pueblo, Dios va a reservar el derecho de elegir al rey de acuerdo a su corazón y gran sabiduría.

La humildad va a ser el criterio que Dios utiliza para elegir sus representantes, pues es la virtud que ayuda el hombre a sentirse poca cosa delante del poder de Dios que realiza grandes prodigios. El hombre humilde es aquel que está dispuesto a, sin condiciones, a cumplir fielmente los planes de divinos; lo dice el cincelazo 347: «El humilde está abierto a la mirada del Señor y goza de su ayuda. El soberbio se cierra a su mirada y es impotente para hacer el bien».

Por ello, cuando Saúl se olvida de Dios y se deja dominar por el orgullo y la soberbia, deja de ser un instrumento de servicio. Su pecado consistió en desconfiar del poder de Dios que lo llevaba a la victoria pues, ante la presión de muerte de los filisteos se dejó llevar por criterios humanos y acabó por convertirse en el primer obstáculo de las conquistas de Israel (cfr. 1Sam 13, 5- 14). Con todo esto, a pesar de ser el rey, Dios le retirará su favor y buscará a otro para proclamarlo rey.

EL REY DAVID

1Sam. 16, 7-13
Este texto que nos relata la elección de David nos descubre la manera de Dios para elegir a los suyos. En varios detalles notamos que Dios elige «lo poco» para hacerlo valer delante de los hombres. Jesé y su hijo David son pastores de un pequeña tribu y viven en el pueblito de Belén. David es el hijo menor de Jesé, aparentemente el menos apto para la misión de rey. ¡Pero Dios no se fija en esas cosas! El conoce bien lo que elige para llevar a cabo su obra. San Pablo nos dirá más adelante que «Dios escoge a los que en el mundo no tienen importancia, son despreciados, de modo que nadie puede sentirse orgulloso delante de Dios» (1 Cor 1, 28). Dios no juzga las apariencias sino el corazón del hombre. El v. 7 recalca la idea «Yahveh mira el corazón».

1Sam.17, 26-47
Una vez ungido rey de Israel, David lleno de la fuerza de Dios decidió enfrentar al terror del pueblo: El gigante filisteo Goliat. Se dispuso a pelear armado solamente de las fuerzas de Dios, seguro y confiado en que Él le daría la victoria.

En el v. 45, encontramos todo un programa de vida para enfrentar a los enemigos de nuestra vida espiritual: «Tu vienes a pelear conmigo armado de jabalina, lanza y espada; yo en cambio, te ataco en nombre de Yahveh, el Dios de los ejércitos de Israel». David alcanzó la victoria no por sus propias fuerzas, sino porque confió en el poder de Dios y de ahí en adelante la victoria siempre será de los débiles que confían en Dios.

El primer paso que debe dar el cristiano para superar al enemigo es reconocer la superioridad de éstos y nuestra poca fuerza para enfrentarlos; de ahí nace una urgente necesidad de Dios. En esto consiste la verdadera humildad: Aceptar nuestra debilidad y flaqueza para que pueda actuar en nosotros la omnipotente fuerza de Dios. Los Alcohólicos Anónimos han descubierto que para poder salir de su enfermedad es indispensable primeramente, aceptar su debilidad y reconocer su incapacidad para salir de este mal, para posteriormente confiar en Dios de quien viene la fuerza para superar lo que es aparentemente invencible. Entre más confianza se tenga en el Señor más, seremos testigos de sus victorias. Seremos como David que con decisión empuñó la espada en nombre de Dios y cortó la cabeza de Goliat.

Pensemos en este momento, en todos nuestros fallidos propósitos de acabar con nuestros principales defectos; en nuestro desánimo por no superarlos. Quizá es porque no hemos confiado lo suficiente en el poder de Dios y hemos creído vencer con nuestras propias fuerzas. El cincelazo 295 nos resume esta idea: «El presumido y confiado va hacia el fracaso; el humilde y sencillo camina hacia la victoria». Si cada vez que nos confesamos nos sentimos, «discos rayados» repitiendo lo mismo de siempre es porque no hemos hecho la experiencia del infinito poder de Dios que puede hacer un santo de un pobre pecador.

1Sam. 17,48-51
El triunfo de David sobre el gigante filisteo demuestra que la victoria es de los que confían en Dios. Es con ese ánimo y decisión con el que debemos enfrentar el pecado y la tibieza. Santa Teresa afirmaba que para vencer al mal y perseverar en el bien hace falta una determinación que se nutre de la idea fuerza: «Sólo Dios basta para vencer».

1Sam. 18, 10-11
Después de su grandioso triunfo sobre Goliat, David se ganó el aprecio y la simpatía de todo el pueblo, lo que ocasionó la envidia de Saúl que era todavía rey de Israel: Aunque David ya había sido ungido en secreto.

En lecciones anteriores hemos hablado sobre la envidia diciendo que es un mal deseo de poseer los bienes del prójimo; en este caso Saúl sintió que David, más fuerte y famoso le robaba la popularidad que le correspondía a él como rey. Desde ese momento, se amargó la existencia pensando cómo aniquilarlo. Lo dice el cincelazo 873: «La envidia roe y corroe la raíz de la vida y termina apagándose».

2Sam. 6,14-15
A la muerte de Saúl (1Sam 31) David fue proclamado oficialmente rey de Israel (2Sam 5, 1-4). Contaba con asistencia divina en todas sus empresas y encabezó al ejército en numerosas batallas. Era el escogido de Dios que vino a unir al pueblo dividido y ser el centro visible de su presencia entre los hombres.

Una frase de la Biblia sintetiza la personalidad de David «Yahveh está contigo» (2Sam 7, 3) De ahí se explica su fe y su piedad, su celo por el arca y el culto su éxito en todo lo que se proponía. Pero su verdadera grandeza consiste en su profunda confianza y fidelidad a Dios derivada de la unción de Yahveh. ¡Es el hombre según el corazón de Dios! (2Sam 24, 14). Al mismo tiempo su presencia convierte a Jerusalén en la ciudad de David, ciudad santa signo de la presencia divina.

La fidelidad probada de David es recompensada por Dios con una promesa de alianza perpetua con su descendencia. Un trono perpetuo de la familia de David iba a estar siempre ante la vista de Dios. Un «hijo de David» iba a prolongar su reinado. De este modo David es un eslabón muy importante en nuestra historia de salvación. Recordemos que Jesús, por la familia de José, es auténtico hijo de David y María con razón, será llamada «Torre de David».

2 Sam 7, 14 - 15
Una de tantas cualidades del rey de Israel era su alegría. La convicción de la presencia divina en el arca le proporcionaba salud y gozo. David es el poeta músico de Dios que bailaba con todas sus fuerzas pues sabía que todo es poco para manifestarle a Dios su agradecimiento.

Esta actitud del rey David nos hace revisar nuestra oración y nuestra participación en los sacramentos. ¿Nos llena de gozo recibir los sacramentos? Recordemos que la alegría verdadera es fruto del encuentro con Dios; es impensable y absurdo que haya cristianos tristes y vencidos. El hombre de Dios como David es un hombre alegre por excelencia. San Felipe Neri y Santa Teresa coincidían en decir que «la tristeza es el triunfo del maligno» y San Ignacio de Loyola afirmaba: «Donde reina la alegría allí reina Dios y donde siempre hay tristeza con seguridad está Satanás».

EL PECADO DE DAVID

2 Sam 11, 1 -17
Estando David en el culmen de su reinado y gozando de fama, poder y la bendición divina, vino a caer en un gravísimo pecado. Todo esto ha quedado en la historia como una prueba de que aun los grandes ante Dios cuando se descuidan, tienen sus tropiezos.

Sucedió que un año «en el tiempo que los reyes salen a campaña» David no salió, prefirió quedarse en el palacio, en lugar de salir a ganar conquistas para su pueblo como dice el dicho «se durmió en sus laureles». La Escritura destaca que una tarde después de haberse levantado de la siesta, se paseaba por la terraza del jardín, cuando vio una mujer muy hermosa que se bañaba, la mandó traer y se acostó con ella dejándola embarazada. Para cubrir su falta y no quedar desprestigiado mandó eliminar al marido de esta mujer, haciéndolo poner en la primera línea de la batalla para que lo mataran. Su acción reprobable no quedó sólo en adulterio sino que llegó al asesinato ¡Qué bajo había caído el rey David!

Analizando el hecho, fácilmente podemos concluir que la causa del pecado de David fue la pereza. Un sabio dicho nos dice que la pereza es la madre de todos los vicios. El incumplimiento de nuestras obligaciones, la irresponsabilidad y la mediocridad de vida son la ante sala de fallas más graves. «El ocio es el campo de batalla donde siempre gana el demonio» (czo. 887).

Otro principio de la vida espiritual que aprendemos de este hecho, nos dice que un pecado nos conduce a otro pecado. Sino decidimos cortar de tajo una situación pecaminosa caeremos, irremediablemente en una más grave. El demonio está al acecho, como león rugiente y espera un descuido para colarse en nuestra vida y llevarnos al fracaso (cfr. 1Pe 5, 8- 9).

2 Sam. 12, 1 - 9
El pecado de David quedó oculto a los ojos de los hombres pero no a los de Dios, quien valiéndose del profeta Natán le descubre la gravedad de su falta. La historia sencilla que plantea Natán a David es suficiente para hacerlo volver a su identidad de ungido; rápidamente se da cuenta que ha ofendido a Yahvéh. La pereza que ocasionó su pecado le había hecho perder su pureza de corazón y su justicia para con el prójimo. La palabra de Dios que habla el profeta le hace cobrar conciencia de la gravedad de su pecado; le proporciona un juicio sereno sobre su actitud y lo invita al arrepentimiento.

EL ARREPENTIMIENTO

2 Sam. 12, 13
David es el modelo del pecador arrepentido pues reconoce humilde y responsablemente su culpa. La actitud de Dios es, sin artificios, la que todo pecador espera de un padre misericordioso. Dios se define como un amor sin límites que siempre busca al hombre para que éste se vuelva a su lado. Por ello no obstante, la magnitud del pecado de David (y aunque hubiera sido mucho peor), lo perdona porque ve en él un arrepentimiento sincero.

No hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar porque su misericordia siempre rebasa nuestro entendimiento. Hay muchos cristianos que no se acercan a esta reconciliación divina porque piensan que sus faltas son tan grandes que no alcanzan perdón; o quizá creen que Dios los está esperando para cobrarles en justicia las ofensas. Otro gran número de personas prefieren seguir en su actitud de pecado pues no están dispuestas a cambiar. ¡Con tristeza nos damos cuenta que no han experimentado la misericordia de Dios!

El conocimiento de la infinita misericordia de Dios anima a quien se siente pecador a acercarse a Él, con toda confianza de ser perdonados y, al mismo tiempo, como David, a no hacer las paces con nuestros defectos que no se ajustan a la grandeza de este mismo amor. Su compasión y generosidad nos hacen postrarnos hacía Él y confesar nuestras miseria pidiéndoles ayuda para nunca volverlo a ofender. Santa Teresita del Niño Jesús muy segura de la misericordia divina se repetía constantemente «si yo cometiese todos los peores pecados del mundo no me detendría en el curso de mi carrera, con el corazón roto por el arrepentimiento iría a echarme en los brazos de Dios segura de su perdón».

1Re. 3, 9 - 14
A la muerte de David, su hijo Salomón fue nombrado rey de Israel. Fue él magnífico gobernante de sabiduría extraordinaria y gran diplomacia. Su época fue la más esplendorosa de toda la historia de Israel, bajo la cual se construyó el Templo y el reino se extendió ampliamente.

Siendo Salomón muy joven, religioso, temeroso de no poder guiar al pueblo, Dios le da la posibilidad de pedir para él lo que quiera. Salomón antes de pedir riqueza, fama, larga vida o más gloria que David, su padre; como sería lógico pensar, sólo pidió que se le concediera sabiduría para poder gobernar con justicia.

Dios conforme a su gran generosidad le va a dar más de lo que pide; así que le concedió no sólo esta sabiduría sino también prosperidad y riqueza, tanta como no hubo nunca en Israel.

Este hecho nos recuerda la frase evangélica: «Busca primero el reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por añadidura» (Mt 6, 3).Un cristiano que se empeña en cumplir con la voluntad de Dios se confía por entero a la providencia y nada puede faltarle. El reino de Dios es el tesoro del cristiano, lo dice el cincelazo 1117: «Estamos convencidos de que Cristo es nuestra riqueza, ¿por qué andar buscando bienes efímeros para satisfacer nuestro egoísmo?» La confianza en Dios nos da la seguridad de alcanzar el reino de Dios ya en ésta misma vida.

Hemos concluido nuestra lección, esperando que la palabra de Dios que hemos reflexionado nos haga entender, como a David la gravedad de nuestros pecados, para poder acogernos a la infinita misericordia de divina. Por ello recemos con devoción el Salmo 51, atribuido al mismo David, con el que pediremos perdón a Dios.

TAREA mandarla al correo: 
tallerbiblicomsp@hotmail.com

1. ¿Cuál es el criterio que Dios utiliza para elegir a los reyes de Israel?

2. ¿Qué enseñanza descubres en el debate que hay entre David y Goliat antes de empezar el duelo?

3. Describe con un ejemplo cómo la envidia corroe la existencia de una persona y la hace cometer barbaridades.

4. ¿Cuál debe ser nuestra actitud al convencernos que somos pecadores?


5. ¿Habrá un límite para la misericordia divina?

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