viernes, 19 de diciembre de 2014

Los profetas hablan en nombre de Dios: Lección 09 del curso historia de la salvación


Abajo del escrito el audio de esta lección

Para la Sagrada Escritura y la tradición cristiana, un profeta no es un brujo ni un visionario de futuro, sino una persona de carne y hueso que es llamada por Dios para hablar en su nombre. Todo bautizado está llamado a cumplir esta misión de anunciar la Palabra y más aún, ser la voz de Dios en el mundo, no sólo denunciando errores e injusticias, sino siendo una extensión del amor de Dios para los hombres. Por eso, a través de esta lección, los profetas volverán a hablarnos con la palabra de Dios siempre actual, sacudiendo nuestras conciencias y nuestros corazones para indicarnos el camino de la fidelidad y la misericordia.


Para disponernos a reflexionar la palabra de Dios, recemos el Salmo 2, que es la oración fuerte del que experimenta conflictos y dificultades por tratar de ser fiel al Señor. Pensemos también que la oración es el «riego» que damos a la semilla que es la Palabra para que ésta germine, crezca, se fortalezca y rinda muchos frutos. Después hagamos la oración: «Señor, te pedimos que nos llenes e impulses con tu Santo Espíritu para que todo lo que Tú nos has participado a través de tu Palabra podamos llevarlo a los demás. Danos ánimo y coraje para llegar a los confines de la tierra empapando a los hombres de Ti». (Ave María y Gloria ).

Recordatorio de la lección anterior

La lección anterior «David, el rey, según el corazón de Dios» nos sirvió para aclarar conceptos muy importantes. Descubrimos que la humildad es el criterio principal que Dios utiliza para llamar a sus elegidos; la definimos, esencialmente como confianza y abandono en los planes de divinos; en oposición a la soberbia que se entiende como una autosuficiencia e independencia de Dios. Sólo los humildes son aptos para cumplir la voluntad de Dios, por eso el Señor escogió primero a Saúl para ser rey, pero, como vimos se volvió orgulloso y soberbio entorpeciendo las obras de salvación. Fue por eso que el Señor eligió a David, pastor sencillo de familia muy modesta para tal misión. Dios no se fija en la apariencia para escoger a sus representantes sino en el fondo de su corazón. Un corazón sencillo y dispuesto, libre de todo deseo de riqueza y gloria humana, es el instrumento preferido de Dios para realizar su salvación.

El rey David fue un modelo de creyente, lleno de fe y energía, lo recordamos cuando confiando en la fuerza de Dios venció al gigante Goliat. También lo recordamos alabando a Dios con todas sus fuerzas delante del Arca y encabezando numerosas batallas para engrandecer a Israel. Su fidelidad fue recompensada por Dios con una promesa de asistencia a todos sus sucesores. Tal promesa consistía en que el favor de Dios iba a estar siempre presente en la descendencia de David. Recordemos también que de este modo David se convirtió en un eslabón muy importante en la historia de salvación; Jesús Hijo de Dios será llamado con razón: «Hijo de David».

Otra enseñanza importante de la lección fue el darnos cuenta que todos los hombres, aun los que están más cerca de Dios, como David, son objeto de caídas y graves tropiezos. Vimos como el rey David «se durmió en sus laureles de fama y grandeza» y dejó de cumplir con sus obligaciones. La pereza los llevó al adulterio y el adulterio al asesinato. Su grave pecado quedó oculto a los ojos de los hombres, pero no a los de Dios que se valió del profeta Natán para hacerlo volver a su juicio. La palabra que Dios le dirigió a David le hizo recobrar su conciencia de ungido y elegido de Dios preparándolo para el arrepentimiento. Este hecho nos mostró la infinita misericordia de Dios, que está más pronta en perdonar los pecados no importa qué tan grandes o negros sean, que en señalar o castigar a los culpables. El conocimiento profundo de la misericordia divina anima a todo el que se sienta pecador a volverse a Dios con la confianza de ser perdonado. La palabra de Dios siempre nos sacude e inquieta llevándonos por el camino de la conversión. El rey David de este modo encontró su vocación de servidor, más consiente de ser instrumento de Dios, aunque no por eso menos humano.

Para empezar trataremos de aclarar con la Sagrada Escritura el concepto «profeta», explicando algunos rasgos de esta vocación.

¿QUIÉNES SON LOS PROFETAS?

En el sentido bíblico, un profeta es simplemente «el que habla en nombre de Dios». Dejemos atrás el pensamiento popular de un profeta como el adivinador, brujo o visionario del futuro. El profeta es por excelencia el enviado que a lo largo de la historia de la salvación representa la voz autorizada para anunciar mensajes y corregir fallas de parte de Dios.

Jeremías. 1, 4 - 10
Este texto representa el típico llamado a la vocación profética; la prueba de que «el ser profeta» es algo esencial a nuestra persona. Todo bautizado descubre en la palabra de Dios el llamado a cumplir con esta misión personal: «Desde el seno de tu madre te conocía, antes que nacieras te consagré» (v. 5 ). En virtud de esta Palabra que se arraiga en nosotros, vamos entendiendo poco a poco, las maneras de Dios, para que podamos pensar y sentir al estilo divino.

Es una misión trascendental que Dios nos confiere a todos, no es cosa de suerte o predestinación; es un compromiso en el que va en juego la salvación de muchos y nuestra propia realización. Por ello, la madurez y responsabilidad que exige esta misión hacen temblar de miedo a Jeremías: ¿Cómo puedo hablar yo que soy un muchacho? (v. 6 ). La conciencia y convicción de esta experiencia de ser elegidos, escogidos, tomados y enviados por Dios mismo, nos impulsa a realizar esta difícil misión, pues sabemos que Dios está con nosotros (v.8).

Para cumplir esta misión no es necesario ser un experto o estudioso de las cuestiones religiosas, o tener mucha cultura o inteligencia, aunque no negamos la utilidad de estas virtudes que en cierta forma son necesarias. El llamado a la vocación profética descubre que es mucho más importante la vida de fe; ¡No podemos hablar de Dios sin haber tenido un encuentro con Él!

En la experiencia apostólica que realizamos los Misioneros Servidores de la Palabra, hemos constatado que en terrenos de apostolado puede más una persona que con sus límites e incapacidades se esfuerza por tener la experiencia viva de Dios. Predicar la Palabra, no es cuestión de inteligencia o capacidad, sino de fidelidad al llamado. ¡Dios no se equivoca al llamar a sus elegidos! Es precisamente en nuestros límites humanos donde se manifiesta con mayor eficacia el poder de la Palabra divina. En la revista «Inquietud Nueva» hemos presentado muchísimos casos de personas que no obstante a sus límites y poca preparación intelectual se han lanzado en esta experiencia profética. Son también testigos de que «quien ha conocido a Dios no puede callar» (cincelazo. 97).

Jeremías 15, 16 - 21 ; 20 7 - 13
El llevar la palabra de Dios a los demás, es por un lado el regalo invaluable que ilumina toda nuestra vida proporcionándonos gozo y alegría, pero al mismo tiempo, también se siente el peso del «paquete» que hay que cargar, lo cual nos lleva en ocasiones a caer en profundas crisis. ¡No es fácil ser profeta! y menos en estos tiempos en que el auténtico Evangelio no es bien recibido en nuestra sociedad egoísta donde los intereses personales pueden más que el desprendimiento y la generosidad. El dicho «La verdad no peca pero incomoda» es una realidad, la actitud cristiana del profeta que predica con palabra y testimonio suele ocasionar conflictos y dificultades, incomprensiones de personas que nos desean el mal; en fin, empezamos a ver y sentir como Jesús, pues compartimos la misma misión profética. Esto debe ser para el profeta un principio de fortaleza en los momentos de prueba: Las pruebas y las dificultades sufridas por la evangelización nos unen más a Cristo. Lo dice el cincelazo 439 «Las dificultades y fracasos en el apostolado no deben desanimarnos. Jesucristo encontró los mismos problemas».

Esta experiencia de soledad que hace el profeta, es con mucho necesaria y benéfica para nuestro crecimiento. La palabra de Dios ratifica nuestra misión: «Yo te haré volver a mi servicio», «Tú debes», «Estoy contigo», «No te vencerán», (v. 19- 21). ¡Esta es la voz fuerte que Dios no acepta ni aprueba la debilidad de sus testigos! El profeta nunca debe consentirse, ni ver su bondad o virtud; el Señor nos quiere fuertes y decididos, ¡no quiere quejas ni lloriqueos!

El superar las pruebas y dificultades no convence aún más de la presencia de Dios en nuestra vida. Tales obstáculos en vez de disminuirnos, fortalecen y vigorizan nuestra predicación. Los profetas deben aceptar en principio que su vida estará marcada por la crisis y contrariedad. Aquel profeta que lleve una vida tranquila, cómoda y placentera en realidad no es profeta. El Czo.No.455 lo reafirma: «No tengamos miedo a sufrir crisis, más bien temamos llevar una vida de tranquilad».

Isaías 6, 1- 8
El llamado de Dios a Isaías es también otro prototipo de la vocación profética. Más que un encuentro místico con el amor de Dios o una visión enajenante, ésta experiencia es un hecho real histórico que condicionó la respuesta generosa de Isaías: «Aquí me tienes, mándame a mí» (v. 8).

La experiencia del llamado de Dios hace al hombre considerar su indignidad personal, «de que somos muy poca cosa y muy pecadores» para llevar el mensaje divino a otros hombres. Este santo temor de Dios nos lleva a ser más conciencia de la necesidad de la misericordia divina y de la purificación interior. Todos somos frágiles ante la impotente voz de Dios, que no da posibilidad de escaparse. Recordemos la experiencia de Jeremías: «Me has seducido Yahvé y me dejé seducir por Ti, me hiciste violencia y fuiste más fuerte» (Jeremías 20, 7 ). Varias veces encontramos en los profetas la típica expresión « ¡Ay de mí!» (v. 5) como una manifestación de la impotencia humana ante el llamado de Dios.

Dios llama a quien quiere, como quiere y en el momento que quiere. Él sabe bien escoger, por eso bien llama personalmente al joven Jeremías que al anciano Isaías para formar parte de la gran cadena de instrumentos de la historia de salvación. El profeta no comunica ideas abstractas ni mensajes sin sentido sino la propia experiencia personal del amor ardiente de Dios (v. 6- 7).

Dentro de la gran gama de mensajes que los profetas nos comunican, señalamos algunos aspectos con los textos proféticos apropiados para reflexionarlos a nuestro propio ambiente.

MUESTRAN EL VERDADERO CULTO QUE AGRADA A DIOS

Jeremías 7, 1 - 11
Este texto viene a resonar en la conciencia de los hombres de hoy, es una dura condena a la falsa religiosidad y fanatismo propios de los ambientes donde no hay evangelización. El profeta denuncia la religión que no va acompañada de obras de justicia y de misericordia. El creerse salvados por el hecho de permanecer el en templo de Yahvé es una desviación. ¡Hoy todavía hay muchos cristianos que por el hecho de pertenecer a la Iglesia católica y cumplir sus preceptos, piensan que pueden seguir con sus prácticas injustas! ¡Cuántos piensan que por asistir a misa y rociarse agua bendita podrán salvarse. Una de las grandes excusas que los católicos damos a los incrédulos para no acercarse a la misa y a los demás sacramentos, es precisamente el pobre testimonio de las obras que presentamos los más «allegados» a la Iglesia. Con frecuencia escuchamos expresiones como «¿Yo ir a misa? Para ser como la persona fulana que no sale de la Iglesia y es una hipócrita, chismosa, desobligada, etc. prefiero mejor estar así como estoy o, «de qué les sirve ir a misa si no practican lo que dicen». Tales recriminaciones que calan dolorosamente deben ser para nosotros grandes cuestionamientos para mejorar nuestro proceder y crecer en la caridad que se nutre precisamente de los misterios de salvación que celebremos los católicos. Para convencer a tantos hermanos alejados de la Iglesia, es preciso acompañar nuestras devociones con las obras de caridad. Recordemos la frase: «Las palabras convencen, el testimonio y las obras arrastran».

Oseas 6, 6; Isaías 1, 11-17
De manera semejante los profetas Oseas e Isaías fustigan contra muchas devociones vacías que tranquilizan hipócritamente nuestra conciencia, cerrando los ojos a las graves injusticias en las que participamos. Las mandas, peregrinaciones, veladoras, medallitas y rosarios no sirven de nada cuando no van acompañadas del esfuerzo sincero de conversión personal. El profeta las señala como «ofrendas inútiles» que causan el horror de Dios (v. 13). Son actos deshonestos que disfrazan las injusticias que cometemos cada día ¿Cuántos católicos creen contentar a Dios con limosnas y novenas, y no mueven un dedo para remediar las graves injusticias sociales que sacuden a los más pobres de nuestro país? ¿Cuántos cristianos «rezan con las manos extendidas» (v. 15) arrodillados ante Jesucristo Sacramentado, pero ignoran, maltratan o aplastan a Cristo presente en el prójimo? Tales contradicciones crean y presentan a los no creyentes una falsa imagen de la religión, que el mundo y los incrédulos califican de puro rezo y fanatismo.

De ninguna manera el profeta condena las devociones cristianas de las que hablamos, éstas en sí mismas son valiosos recursos para las almas animosas que buscan llenarnos de Dios y servir mejor. Pero, cuando se convierten en actos vacíos, desfiguran el rostro de la verdadera religión. Así también se corre el peligro de convertir los sacramentales como el agua bendita, las bendiciones, en buenos «tapaconciencias» o supersticiones que nos impiden crecer en la fe.

Amós 5, 21-23
El profeta también habla duramente contra las fiestas «disque» religiosas, que son puro pretexto para el vicio y el despilfarro. Dios y la virgen María no se contentan con bailes y comilonas que les ofrecen sino con obras de justicia y caridad. Por ello, los mayordomos y organizadores de las famosas fiestas patronales, deben tener muy bien en cuenta que lo que realmente agrada y complace a Dios es la conversión de los feligreses. Es una tristeza que se gasten tantos millones de pesos en música y cuetes, cuando hay tantos hermanos que en el mundo carecen hasta de lo más indispensable para vivir. El profeta Oseas señala: «El Señor quiere amor y conocimiento de su Palabra» (6 ,6) ¡Ya es hora de que los antiguos y veteranos mayordomos defensores de las «tradiciones» del pueblo, se resuelvan a transformar la parroquia en el centro del culto cristiano! Lo primero que deberían hacer, en lugar de colectar dinero todo el año, es estudiar la palabra de Dios y convertirse en agentes de evangelización.

DENUNCIAN LAS INJUSTICIAS

Amós 2, 6- 7
El profeta viene a aclararnos el polémico y peleado concepto de justicia. La tradicional definición de justicia de «dar a cada quien lo que le corresponde» concuerda muy bien con la idea expresada por los profetas y en ciertos momentos diríamos, equivale a la misma misericordia divina.

Realizar justicia es obrar con misericordia procurando que todos los hombres por el hecho de ser iguales tengan una vida digna que satisfaga sus necesidades primordiales de alimento, vestido, vivienda, educación, etc. El hombre es la criatura predilecta de Dios que goza de derechos vitales que nadie puede quitarles bajo cualquier intención por noble o patriótica que parezca.

De este modo, pensar y actuar egoístamente, buscando solamente el propio interés y bienestar, es una acción injusta, pues no retribuimos a los demás ni ayudamos a los necesitados. Una exagerada posesión de bienes, sin ponerlos al servicio de los demás es un robo a los más pobres a quienes nos pertenece todo lo que nos sobra. Mucha razón tiene la Madre Teresa de Calcuta al decir que: « Nadie tiene derecho a los superfluo cuando a alguien le falta lo necesario».

Miqueas 2, 1-2; Zacarías 7, 9-10
Son otros textos que acusan fuertemente a todos los que comenten acciones injustas atropellando a los derechos de los demás. Al escuchar este texto, vienen seguramente a nuestra mente las imágenes de los políticos corruptos, asesinos, narcotraficantes, agiotistas y latifundistas sin corazón ni escrúpulos. Ciertamente, el poder que gozan estos personajes, es instrumento de opresión para los más débiles; pero no pensemos que ellos son los más malos ni los únicos responsables de la injusticia social. El bien y la justicia en la humanidad es responsabilidad de todos. El cincelazo 870 nos dice: «No tenemos derecho a juzgar ni a criticar las acciones de los demás, mientras no nos esforzamos por cambiar y vivir radicalmente de acuerdo a la enseñanza de Cristo». La primera rebeldía debe ser contra nuestros propios pecados. Así como hay patrones abusivos que explotan a sus trabajadores dándoles salarios de hambre, así también hay muchos más trabajadores que explotan a sus patrones no dando lo que les corresponde. Se trata de trabajadores flojos e irresponsables que con su mala calidad de trabajo y poca generosidad no rinden lo que se espera de ellos. Los usuarios de los servicios públicos de salud y oficinas fiscales, bien podíamos hacer una huelga quejándonos de tanta negligencia.

Enfatizamos este lado de la justicia, al observar el cuadro realista de la personalidad del mexicano, que se representa en el mundo como el rancherito dormido a la sombra de un cactus. En broma se dice que el mexicano es el hombre del «mañana» ¡Sí! porque mañana sí que lo hará, ahora sí mañana, y ese mañana nunca llega.

CONDENAN EL RECHAZO A DIOS

Jeremías 2, 13
El texto ilustra perfectamente la tendencia general de todo hombre a buscar satisfacción en otras cosas que no son Dios. El materialismo y el consumismo son engañosos espejismos que nos brindan falsa felicidad. Las modas, los placeres, los vicios, las diversiones y comodidades son esos «pozos agrietados que no retienen el agua».

El profeta es el promotor de la fidelidad, que exige al hombre un cambio serio en su programa de vida que le da Dios el primer lugar. Muchas actitudes nuestras, a veces, hasta inconscientes revelan nuestro rechazo a Dios. En la actualidad, la música y las diversiones electrónicas suelen quitarnos el tiempo que necesitamos para Dios. Hay jóvenes que, sin maldad, no pueden vivir sin sus radios portátiles que los desconectan del mundo y los privan de toda oportunidad de reflexión. Los niños se educan con la «magia» de la televisión y los mayores buscarán los vicios y las diversiones. Pero nunca estos pasatiempos lograrán satisfacer la gran necesidad de Dios que tiene cada hombre. San Agustín reflexionaba: «Nuestro corazón inquieto está y sólo descansará hasta llenarse de Ti».

Jeremías 9, 1- 9
El profeta fustiga la mentira y la deshonestidad general que corrompen la sociedad actual. La verdad y la virtud a las que llama el Evangelio son rechazadas por lastimar los intereses egoístas de los prepotentes y describir la «mugre y porquería» que oculta el aparato político de nuestro país.

La verdad y sabiduría cristiana no son reglas fijas o individuales que cada uno construye como le de la gana sino fruto de la comprensión responsable de la Palabra, de acuerdo a los lugares y los acontecimientos, es decir, abrirse a la realidad iluminados por la palabra de Dios. La mentira y la deshonestidad son formas de cerrarse a la voluntad divina. En cambio, vivir en la verdad es una garantía de progreso en la vida espiritual. Lo dice el apunte para pensar N¼ 18 «El hombre que ama la verdad nunca fracasa ante las dificultades de la vida».

La nueva corriente religiosa llamada «Nueva Era» es en realidad otra forma sutil de engaño. Presenta al hombre una «ensalada» de doctrinas religiosas, ciencias y filosofías para que cada quien tome lo que le guste y convenga. No hay ningún compromiso serio para responder a las exigencias crudas y reales del mundo actual. Es un intento de religión sin ideas claras que se oponen a la verdad contundente de la Palabra y los signos de los tiempos.

Oseas  4, 1-2
Este texto está como mandado a hacer para condenar y arremeter contra los malos sacerdotes, es en realidad una crítica fuertísima a toda la sociedad que ha rechazado a Dios «todos por igual me han ofendido pues me ha dejado a Mí su Gloria para seguir a sus ídolos, su vergüenza» (4- 7).

De acuerdo al texto, la causa del enojo de Dios es la poca preocupación por la enseñanza de su Palabra tarea en la cual el sacerdote es el principal responsable. La falta de evangelización es la causa principal de la indiferencia, apatía y mediocridad del pueblo. No se puede culpar al pueblo de su propia ignorancia religiosa; los responsables directos serán todos aquellos que habiendo conocido la palabra de Dios no hacen algo porque esta Palabra llegue a otros. El profeta viene a condenar a todos los que estamos comprometidos en esta misión del anuncio de la palabra de Dios por no haber hecho lo suficiente para que su mensaje se difunda respecto a los sacerdotes mediocres y despreocupados de su principal tarea ¡No nos toca juzgarlos ni criticarlos! Ellos serán juzgados de acuerdo a sus propias obras; a nosotros nos toca orar por ellos y trabajar sin descanso ¡Quizá estén así por nuestro propio desinterés y seamos nosotros los verdaderos culpables de la ignorancia del pueblo! No olvidemos que ellos han sido constituidos para siempre sacerdotes ungidos de Cristo ante los hombres, su valor e importancia para la vida de la Iglesia son inobjetables.

ANUNCIAN LA NUEVA ALIANZA

Jeremías 31, 31- 34; Ez 11, 17- 21; 36, 23- 30
Los profetas de Israel no sólo abrieron la boca para regañar y denunciar las desviaciones a la ley de Dios, también son los portadores de las buenas noticias. Las palabras de este texto son como un bálsamo para el pueblo que se halla en las horas más amargas del desierto. «Pondré mi ley en su interior la escribiré en su corazón y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (v. 33). El anuncio de una nueva alianza definitiva y eterna a diferencia de la primera representada en la ley, que fue muchas veces transgredida. El profeta anuncia que Dios transformará el interior del hombre para que éste pueda amar y observar la ley; pondrá en el interior de cada hombre la fortaleza y las capacidades que necesita.

Los antiguos babilonios tenían la famosa «ley del Talión» o «el ojo por ojo diente por diente» que para muchos hombres de hoy sigue siendo válida y justificable: «El me hizo, yo también le voy hacer» «No me habla yo tampoco le hablo». Jeremías viene anunciar que ya no habrá incapacidad de cumplir la ley porque la ley estará en nuestro corazón. El amor, el perdón, la fidelidad, estarán por siempre con nosotros. Tendremos un corazón sensible a los mandamientos y leyes.

Ezequiel 18, 21- 27
La nueva alianza también viene a mostrar un nuevo rasgo de la misericordia divina. El Señor perdona los pecados y quiere empezar una nueva época. Se acabarán los tiempos de las manifestaciones externas y sensibles de «la ira de Dios» (Sal 90, 7); ahora Dios le hablará al hombre interiormente de manera que cada uno pueda encontrar a Dios, siendo responsable de su propia fidelidad. Dios no es el juez implacable y rencoroso que se acuerda de todas nuestras faltas; su perdón es completo y eterno.

Ezequiel presiente la venida del Espíritu Santo que sana la incapacidad del hombre para obedecer y permanecer abiertos a la voluntad de Dios.

Como vemos, Dios poco a poco va revelando su verdadero rostro de Padre amoroso, siempre con el deseo de que todos se salven. Ahora, por los méritos de Cristo, el anunciado por los profetas queda sellada una Alianza Nueva y definitiva, que no podrá romperse por nuestros pecados porque Cristo, Dios y hombre, la ha establecido por siempre. Ello nos hace ver optimistamente hacia el futuro porque tenemos, en Cristo Jesús la garantía eficaz de volver al Padre.

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1.- Define al profeta

2.- ¿Qué contrariedades y dificultades crees que encuentra un profeta en nuestros tiempos?

3.- ¿Qué opinas de la frase de Jesús «Nadie es profeta en su tierra»?


4.- ¿Te gustaría parecerte a alguno de estos profetas?

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