domingo, 7 de febrero de 2021

Oración en el Apostolado - 1ra lección curso orar evangelizando

 1ra Lección

 


NECESIDAD DE LA ORACIÓN

Este curso que iniciamos no tiene como objetivo presentar un método de oración. Nuestra intención es proporcionar abundantes motivaciones y pistas para que el recién evangelizado haga su propia y particular experiencia en el

camino de la oración. Como dicen los padres espirituales: «A orar se aprende orando». Por ello vamos a mostrar a la biblia como el mejor manual de oración, porque su doctrina es segura y accesible. Aprenderemos de sus personajes para fundamentar mejor nuestra oración y así podremos hacer viva la exhortación evangélica: «Es preciso orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1).

 

La Historia de la Salvación que hemos estudiado nos ha revelado que Dios está siempre presente acompañando nuestro caminar. Pero es preciso que el hombre acoja esta Presencia esta presencia mostrando una suficiente apertura de corazón para que pueda escuchar su voz. Dios toca a nuestra puerta y espera que le abramos para poder construir una auténtica amistad (Apoc. 3,20). Si sucede así, tomamos conciencia de su luz y nuestra vida empieza a tener un nuevo sentido y a cobrar una intensidad diferente. Reconocemos a Jesucristo como Señor de nuestra vida y somos capaces de agradecerle todo cuanto ha hecho por nosotros para que podamos alcanzar la salvación.

 

Así, nuestra verdadera historia comenzó en ese feliz momento en que escogimos a Cristo Palabra y fuimos capaces de darle una respuesta generosa. Fue el momento en el que se despertó nuestra conciencia y descubrimos que la vida es un don maravilloso que merece ser vivido. Ahora nos admira todo lo bueno, lo noble y lo bello que Dios ha creado por nosotros. Las cosas que nos suceden son interpretadas como las palabras y mensajes de un Dios amoroso que nos invita a darle gracias y a alegrarnos con Él.

 

Gracias a esta experiencia totalmente gratuita (porque nada hemos hecho de bueno para merecerla), hemos podido comprobar que Dios es el origen y el fin de toda nuestra vida, que nos ha amado antes de que nosotros existiéramos; que no podemos conocer nuestra identidad fuera de Él. «Así como la cierva busca corrientes de agua» (Sal 42,2), así el hombre tiene una profunda necesidad de Dios. Descubrimos nuestro interior como un abismo oscuro y sin fondo, como un hueco infinito que sólo Dios puede llenar y saciar. Al experimentar esto San Agustín expresaba: «Nuestro corazón inquieto está Señor y sólo descansará hasta encontrarse contigo».

 

Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza (Gn1, 26-27). Por eso, como Dios, los hombres tenemos una sed y un hambre infinita de diálogo y de comunicación. Así como Dios quiere encontrarse con el hombre para participarle su felicidad, así también el hombre guarda un inconsciente y secreto deseo de encontrarse con Él. Podemos decir que nuestra relación con Dios es nuestra misma vocación y fin. No podríamos ser felices ni realizarnos fuera de esta unión vital, que Dios intenta construir a lo largo de nuestra vida, porque para esto fuimos hechos.

 

El Concilio Vaticano II en la Constitución «Gaudium et Spes» nos descubre el motivo profundo de la necesidad que tiene el hombre de orar: «La razón más alta de la dignidad humana, consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador» (n.19).

 

A la luz de este texto, podíamos pensar que este diálogo de amor entre Dios y el hombre es una práctica fácil y natural. Bastaría que fuéramos consientes del amor de Dios en nuestra vida y correspondiéramos de la misma manera para poder establecerlo.

 

Esto es la oración. En este sentido, la oración debería ser la actividad más normal y espontánea que el hombre realizara. La escena del hombre platicando con Dios a la hora de la brisa de la tarde (Gén 3,8a) es concluyente: El hombre es normal cuando vive platicando con Dios. La oración no es una prerrogativa de almas privilegiadas sino de todo hombre que fue creado por Dios para vivir con Él desde esta vida hasta la eternidad. R. Voillaume, discípulo de Carlos de Foucauld definió la oración sencillamente como: «Pensar en Dios amándolo».

 

Sin embargo, salvo en raras excepciones, la oración no es ni fácil ni espontánea, pues el diálogo con Dios se da en un nivel de relación muy diferente al que ordinariamente estamos acostumbrados. Como hombres debemos tratar con un Dios que no vemos, no nos habla como una persona. Nuestra relación con Dios está en el nivel de la fe. Por ello sucede con frecuencia que no encontramos a ese Dios revelado o «no lo sentimos». Nos distraemos y aburrimos. Pasamos a menudo por negligencias y crisis con la tentación de abandonarlo todo.

 

La oración como la fe y el amor, es una de esas prácticas violentas a «contracorriente» que implican para el creyente una disciplina personal y muchas renuncias. Porque no se trata sólo de hablar con Dios sino de escucharle. Por ello, la oración supone una renuncia al ruido y al desorden personal para poder lograr ese silencio propicio y así escuchar la voz de Dios. Un cristiano que no tiene capacidad de concentrarse y reflexionar o de soportar ciertos momentos de soledad, difícilmente podrá lograr una genuina experiencia de Dios.

 

Características de la oración cristiana

Hoy día, se confunde muchas veces la práctica de la oración específicamente cristiana con ejercicios de relajación o meditación de tipo oriental. No es raro encontrar cristianos que en su ansia de paz y equilibrio emocional recurren a ciertas prácticas de concentración psíquica que los enajenan de la realidad. Por ello, es preciso que el cristiano reconozca las tres notas específicas que posee la oración cristiana para que ésta no pierda su identidad ni su eficacia.

 

1. Relación con Dios personal

Es preciso estar bien convencidos de que nuestro Dios es una Persona real con la que podemos entrar en intimidad y dialogar como con cualquier otra persona. No se ora a una idea, a una cosa a una fuerza impersonal.

 

Decía santa Teresa: «Orar es tratar de amistad, estando a solas con quien sabemos nos ama». Si estamos convencidos de esto, nuestra oración dejará de ser un ritualismo o una práctica rutinaria y se transformará en una respuesta vital a este Dios-Persona que nos habla a cada uno de nosotros en forma muy personal.

 

2. Confianza en su presencia

La oración viene de la fe y la fe es una confianza absoluta en un Dios presente que oye y que se comunica siempre y en cualquier lugar. Saber que Dios nos mira es el principal móvil de nuestra oración, que ya no queda reducida a unos momentos o a unos determinados actos, sino que va empapando toda nuestra vida, al punto de transformarnos enteramente en oración. Se decía de San Francisco de Asís que no era sólo un hombre que oraba sino era un hombre hecho oración, porque en todo él se respiraba la presencia de Dios.

 

3. Es un don del Espíritu Santo.

La oración específicamente cristiana expresa una fe viva en la Santísima Trinidad. Podemos adorar a Dios guiados por el Espíritu, que nos hace exclamar: «abbá, Padre. El mismo Espíritu da testimonio de que somos hijos de Dios» (Rom 8,15-16).

 

Gracias al Espíritu, el hombre logra entrar en el diálogo de amor que hay entre las personas de la Santísima Trinidad. Él nos introduce en el Amor trinitario concediéndonos el don de la perseverancia en la oración. «Cuando el Espíritu pone su estancia en uno, éste no ceja de orar porque el Espíritu ruega constantemente en él. Entonces la oración no se separará de su alma ni cuando duerme ni cuando este despierto, sino mientras que coma o beba, mientras que descanse o trabaje, hasta mientras esté sumergido en el sueño, los aromas de la oración se difundirán espontáneamente en su corazón» (San Isaac el Sirio).

 

Es el Espíritu Santo quien nos da la sabiduría y el gusto de una oración correcta. Nos hace vigilantes en la espera del Señor y atentos a los signos de los tiempos, que son los signos de la presencia de Dios. Y así se hace posible gracias al Espíritu la oración que es integración entre fe y vida.

 

La verdadera evangelización lleva al hombre a ser orante

La evangelización no debe tener sólo como meta llevar al hombre a la Iglesia o a realizar obras de caridad, sino también a transformarlo en un hombre de oración. Sin el diálogo con Dios, el hombre evangelizado pronto olvidará las enseñanzas recibidas y volverá a su antiguo estado de ateo practicante. Su fervor y entusiasmo propio de recién convertido se tornará en mediocridad y tristeza. Su trabajo generoso ya no encontrará razón de ser y «un sin sentido» se apoderará de él hasta llevarlo a abandonar la práctica de la fe.

 

Por ser la oración una actividad esencial de la vida cristiana, su ausencia o debilitamiento repercute en todos los aspectos de la vida humana. Somos lo que oramos. De hecho, podemos reconocer, a partir de sus modos y acciones, quién es la persona orante que goza de la paz y la serenidad que sólo Dios puede dar. Aquí cabe muy bien citar aquella expresión: «Dime como oras y te diré como andas».

 

Por ello, la oración debe ser uno de los objetivos más importantes de la evangelización para que el «hombre nuevo» continúe recibiendo la luz y la fuerza para vivir en su medio ambiente, tal y como Cristo le ha enseñado.

 

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