domingo, 7 de febrero de 2021

Oración en el Apostolado - 7ma lección curso orar evangelizando

 7ma Lección


LA ORACIÓN DEL CORAZÓN

Hemos afirmado que la oración no es una serie de actos aislados en nuestra vida de fe o un simple rato que le dedicamos a Dios. La oración es, por esencia, el estado de vida que nos hace estar unidos a Dios constantemente.


Dios nos ha llamado a «Orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18, 1), «Orar en todo tiempo, sin desanimarse nunca» (cf. Ef 6, 18). Ante tal exigencia –no podemos llamarla de otra forma–, surgen graves cuestionamientos. Siendo que el hombre tiene que afanarse en mil tareas y trabajos ¿cómo logrará orar siempre? ¿Cómo alcanzará el estado de plegaria constante? ¿Acaso se pueden conciliar oración y trabajo? ¿Podemos orar mientras realizamos otras actividades? El llamado a la oración ¿es sólo para almas escogidas?


A estas cuestiones, la respuesta es categórica: «Dios no nos pide imposibles», si nos llama a la oración constante es porque podemos lograrlo. Precisamente, una de las formas que tradicionalmente se han presentado para alcanzar ese estado de oración es la llamada «oración del corazón». El Espíritu Santo instala en el corazón del hombre una llama de oración que no se apaga nunca. La mayor gracia que el hombre puede obtener en este mundo es ésta: la oración constante, y con ella, descubrir que sólo en el único deseo de Cristo se puede vivir feliz en todas partes.


Alcanzar este estado de oración es, en términos de esfuerzo, lo más fácil y sencillo del mundo. Basta que de tu corazón brote espontánea una súplica dirigida al Dios poderoso. Este estilo de oración se adapta a cualquier persona, independientemente de su cultura o profesión. El campesino, el obrero, el profesionista, el ama de casa, se sienten cercanos a la oración del corazón, que los apacigua y tranquiliza en el stress de la vida.


Sin embargo, la práctica ha enseñado al orante que lograr esta sencillez no es sencillo, valga la expresión. Hay una bella exhortación en la primera carta de Pedro: «Descubramos al hombre sencillo de corazón que posee un espíritu suave y tranquilo» (3, 4) y esto lo logra a través de la también llamada «oración de Jesús».

 

¿En qué consiste este modo de orar?
Esta forma de orar, típica de las Iglesias orientales, ha sido traída al occidente a través de varias publicaciones. Se trata de una manera popular y sencilla de rezar.

 

Los pobres, en su humildad y pequeñez, se dirigen a Dios a cada momento y en cualquier lugar, invocándole por su nombre, sin complicaciones. De este modo, la oración queda liberada de la constante tentación del intelectualismo. Jesús lo había dicho: «Cuando oren, no multipliquen las palabras como hacen los paganos que piensan que por mucho hablar serán atendidos» (Mt 6, 7).

Pero esta súplica puede tener muchas variantes. Sustancialmente, esta oración está formada por dos invocaciones bíblicas sencillas. La primera, hecha por el ciego de Jericó: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí» (Lc 18, 38); la segunda, por el publicano en el templo: «Dios mío, ten piedad de mí que soy un pecador» (Lc 18,13). Con ambas invocaciones se ha compuesto la oración en su forma clásica: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí que soy un pecador».


Como puede apreciarse, es una fórmula sencilla, pero llena de significado. Al invocar: «Señor Jesucristo» estamos pronunciando el poderoso nombre de Jesús, nuestro Salvador. Con la palabra «Nombre» no hacemos referencia a una simple palabra, sino a la Persona misma de Jesucristo. Por ello, con confianza repetimos: «Señor Jesucristo», sabiendo que en Él está el poder y la fuerza y es el único que puede concedernos la salvación (cf. Fil 2, 9-10; Hech 4, 12)

Proclamar con fuerza que: «Jesús es el Hijo de Dios, el Señor», es el mejor recurso para llenarnos de la Gracia divina y ahuyentar al Demonio. Aseguramos de este modo nuestra vida al entregarla totalmente a Cristo, llenándonos de paz y confianza.


Es necesario tener siempre presente que esta oración no es una fórmula mágica, algo así como un «abracadabra» que nos abre las puertas de la gracia. De ninguna manera, la «oración del corazón», como toda oración necesita contener los mismos ingredientes de toda auténtica oración: humildad, confianza y perseverancia. La constancia en este estilo de oración, sin pretender ser monjes, traerá a nuestra vida los frutos exquisitos de una profunda vida espiritual.

La técnica es simple: repite suave y dulcemente alguna variante de la plegaria: «Jesús, ten misericordia de mí». Trata de poner todo tu corazón en cada palabra que repites, como para que todo tu cuerpo vibre al ritmo de tu oración. El repetir siempre y a cada momento estas dulces palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí que soy pecador», dice Jean Lafrance, un gran maestro de oración «hace bajar a Jesús a las profundidades de nuestro ser y su poderoso Nombre libera el dinamismo del Espíritu aprisionado en Él», es entonces cuando la persona empieza a experimentar su fuego interior, su calor, su dulzura, etc.
La experiencia que han hecho tantos hombres que han alcanzado este estado de oración nos previene para que enfrentemos todas las trampas y tentaciones.

 

Disgusto, fastidio o desaliento serán los «demonios» más feroces que encontraremos. Pero nada pueden contra el poder del dulce Nombre de Jesús, repetido en esta humilde oración.


Así que adelante, no queda más que hacer nuestra propia experiencia. Nada puede sustituir a la práctica. Recordamos la sabia expresión: «A orar se aprende orando». Por ello sirve de mucho conocer el testimonio y enseñanza de los grandes santos y maestros de la oración, por ejemplo, el testimonio del «Peregrino ruso», la vida de San Serafín de Sarov, la Filocalia, etc., para comprender mejor esta forma de orar. A propósito, añadimos como un anexo, un texto de uno de estos hombres de oración, titulado: «La valentía de la oración».
La valentía de la oración


El secreto de la paz del corazón, del progreso en la vida espiritual, está en la santa valentía de la oración. Digo valentía porque sé que cuesta abandonar los pensamientos y las reflexiones: es abnegación, renuncia, lo que requiere la auténtica oración.


Se desea reflexionar, darse cuenta.

Dios que nos ha colocado aquí abajo en estado de fe, quiere que oremos por encima de todo ello. ¿En qué pasaje del Evangelio se dice que pensemos o que razonemos la voluntad de Dios? Al contrario, nuestro Señor nos dice de todas las maneras posibles: «Tus preocupaciones, arrójalas, –ésta es la palabra–, arrójalas en Dios».


Orar es una actividad muy sencilla, pero, a la vez, la más difícil, la más rara. Denme un alma de oración, o mejor, denme el alma más imperfecta: si esta alma sabe lanzarse a la oración, si sabe cambiar sus penas en oración, estoy seguro de que su nombre está escrito en el cielo. Si se da en esta alma la disposición para la oración, tiene disposición para adquirir las grandes virtudes. Todas las virtudes, todos los bienes, están en la oración; sí, ahí está la paciencia, ahí está el celo, ahí está la lucha, ahí está la fuerza, ahí está la paz, la vida mortificada, la vida sacrificada, la vida paciente y humilde; todo está ahí.


¿Buscas penitencias? Toma ésta.

Cuando tengas ganas de pensar, ponte de rodillas y di: «No pensaré, oraré»; ahí está el crucifijo de tu interior. La naturaleza se rebela porque en algunos momentos tiene horror a la oración; pero, ¿tenemos necesidad de más ejemplo que el de nuestro Señor Jesucristo, en el huerto de los olivos? ¿Qué hace? Se postra rostro en tierra, sumido en agonía, prolonga la oración. Humíllate, persevera, como nuestro Señor. Estás agitado, turbado, tienes horror a la oración, ¿hay que razonar? … No, hay que ponerse de rodillas, con tedio, disgusto, orar aun yendo en contra de uno mismo.


Tienes necesidad de refugio, de apoyo… ¿dónde lo encontrarás? ¿En tus razonamientos? Ahí es donde se mete el demonio, donde trabaja la debilidad: es el taller de donde salen todas las faltas. Deja todo eso, ora, esfuérzate, violéntate para salir de ti mismo. Hace falta mucho valor para cambiar en oración tus impresiones, pero acostúmbrate a ello. Cuando se tiene un trabajo, hay que hacerlo por la oración. Algunas veces hay que hablar, escribir, y no encuentras nada; no puedo hacer nada; haré oración, luego trabajaré y llegaré. Di una vez para siempre: que suceda lo que suceda, no te perderás en tus desalientos ni en volverte sobre ti. Cuando mi alma esté agitada o tentada, al punto dejaré a un lado mis pensamientos para lanzarme a la oración, como un perro se echa a nadar, como se corre para ponerse a salvo. Pero ¿dónde corres? No lo pienses, di «voy a orar».


Cuando sientas la tentación de dejarlo todo, acude a la oración. Pero la oración es una fuerza que no poseemos: hay que orar para saber orar, y decir como los apóstoles a nuestro Señor: «Señor, enséñanos a orar»
Padre de Ravignac (1795-1858)

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