sábado, 24 de septiembre de 2016

Cristo es el Señor 6to tema del curso vida en el Espíritu Santo

6ta Lección


CRISTO ES EL SEÑOR
Un momento trascendental en el proceso de renovación espiritual es la aceptación de Jesucristo como Señor de nuestra vida, que nos asegura y hace posible la presencia del Espíritu Santo. Tener a Cristo como Señor, significa aceptarlo como guía, maestro, dueño, director y aún más, como “nuestro Todo”. Implica abandonarnos totalmente a la vida que Él nos ofrece, “vivir en Él”.


Al proclamar a Jesús como Señor, ratificamos nuestro compromiso bautismal y de paso ahuyentamos al demonio que no puede hacer nada y huye horrorizado ante el Señorío de Cristo.

El fin de esta lección, es tomar conciencia clara, a la luz de la palabra, lo que significa hacer esta opción por Cristo, que nos llevará a este clima de confianza en su poder de Resucitado.

TENER A CRISTO COMO SEÑOR SIGNIFICA:
1. “VIVIR EN Él” (Rm 6, 4-6)
“Así, pues, por el bautismo fuimos enterrados junto con Cristo y para compartir su muerte, para que, igual que Cristo que fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, asimismo nosotros vivamos una vida nueva. Porque si de verdad nos unimos con Cristo, por la semejanza en su muerte, así también nos uniremos a Él en su resurrección”.
La vida nueva que todo cristiano desea, viene de nuestro “ser en Cristo”. Este nuevo “ser cristiano”( es decir, estar “hechos de nuevo” ) nos viene por la participación en el misterio de la vida de Cristo. San Pablo al utilizar la expresión “enterrados en Cristo” quiere decir que nosotros, como ramas muertas, ahora estamos metidos en Cristo, y tenemos vida en Él, porque Él llega a nosotros, como la savia que circula, penetra, alcanza y vivifica a todas las ramas de la planta.

Esta vida nueva es una gracia que nos une y comunica con Cristo de manera tan íntima, que abandonamos nuestra voluntad personal, para no querer y desear otra cosa que la voluntad divina. Podemos decir, que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos; nuestra vida es de Otro. El texto de Gál 2,20-21: “Y ahora no soy yo el que vive, sino que es Cristo el que vive en mí”, es la señal de lo que Cristo se convierte para cada cristiano: en “nuestro todo”; Él es la razón de nuestra vida y la fuente de nuestras fuerzas.
Por lo que se desprende del texto Gál 2,20-21, podríamos pensar que nuestra personalidad o nuestra participación personal y consciente se ve anulada; pero nada de eso. En realidad, la experiencia cristiana auténtica nos hace tomar conciencia de la situación que se deriva, por el hecho de vivir en Cristo y no es de ningún modo una experiencia enajenante. El cristiano es un llamado y un elegido por Dios, es un hombre libre del poder del pecado y del mundo; es una nueva creación. Ya lo dice el cincelazo no. 880: “Jesús es la fuerza liberadora de las personas y de los pueblos”.

2. “ SER AMADOS POR ÉL” (Rm 8, 35- 39)
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Las pruebas o la angustia, la persecución o el hambre, la falta de ropa, los peligros? Como ya lo dice la Escritura: por tu causa nos arrastran continuamente a la muerte; nos tratan como ovejas destinadas a la matanza.

No, en todo esto triunfaremos por la fuerza del que nos amó. Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes espirituales, ni el presente, ni el futuro, ni las fuerzas del universo, sean los cielos, sean de los abismos, ni creatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios, que encontramos en Cristo Jesús nuestro Señor”.

El cristiano es aquel que se prende de Cristo no sólo por su mensaje y testimonio, sino aquel que experimenta su presencia viva, continua e inquietante. A tal punto se siente adherido a Él, que lo considera como el principio y fundamento de su vida y se empeña en hacer por Él, cualquier sacrificio en correspondencia a este amor irresistible. La palabra de Dios hace evidente, en numerosos textos, que nuestra relación con Cristo se fundamenta en el amor que Él nos tiene (Jn 15,9.12; 17, 26; etc.)

Este amor a Cristo no se reduce a seguir su ejemplo, también forma la esfera de relación y de lenguaje que nos hace conocer a Cristo para amarlo más. El amor viene de Dios (Rm 5,5; 1 Jn 4,7) y siempre tiene como respuesta más amor. Si Cristo nos ha amado de tal manera, nosotros también sentimos un gran amor por Él, que nos empuja a manifestarlo en las obras. “En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn 3, 16).

¿Puede encontrarse una fuerza superior a este amor capaz de hacer cambiar el rumbo de nuestra vida? La respuesta, nos la da san Pablo: No. No puede encontrarse otra fuerza más grande que el amor de Cristo y en todo triunfaremos por la fuerza del que nos amó. Si un joven movido por el amor de una mujer, es capaz de trabajar, bañarse y hasta hacerse responsable ¿Qué no hará el hombre que experimenta vivamente el amor de cristo? Sin duda lo empujará a una conversión definitiva y lo llevará a hacerse un hombre de servicio.

3.“ADOPTAR SU MISMO ESTILO DE VIDA” (Fil. 2,6-11)
“Él que era de condición divina no se aferró celoso a su igualdad con Dios, sino que se rebajó a sí mismo hasta ya no ser nada, tomando la condición de esclavo, y llegó a ser semejante a los hombres.

Habiéndose comportado como hombre, se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en una cruz.

Por eso Dios lo engrandeció y le concedió un Nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús todos se arrodillen en los cielos, en la tierra y entre los muertos. Y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre”.

Explícitamente, el texto señala que Jesucristo es el Señor, y todo Señor tiene sus dominios y propiedades. El Reino de Dios es el dominio de Cristo y en Él reina su presencia; todo tiene la marca de su dueño. Así, desde el bautismo, nuestra vida pertenece para siempre a Cristo y está sellada con su signo. Lo propio del cristiano será considerar a Jesús como el dueño de su vida. Él rige nuestra vida. Justamente, esto es lo que expresa el apelativo “Jesucristo”: Jesús salvador y Cristo; “Ungido”: Señor y Rey.

Por lo tanto, es preciso para el hombre de hoy, seguir la senda de los primeros cristianos que reconocían a Jesús, como su Señor, es decir su dueño, y como su Salvador, es decir, aquel que los había librado de la muerte. Esto requiere, por supuesto una reestructuración de nuestra persona para que esta tenga en su punto central a Jesucristo y nos identifiquemos con su persona en todos los renglones de la vida.

4.“PROCLAMARLO COMO SEÑOR Y SALVADOR” (Rm 10, 9-13)
“Porque si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios resucitó de entre los muertos, serás salvo. En efecto, el que invoque el nombre del señor se salvará”.

Proclamar a Jesús como Señor con nuestra boca y nuestro corazón significa afirmarse en Él. Hemos dicho que el cristianismo no es una ética que exhorta a la honradez y a las virtudes, ni es una causa de amor a los pobres o a la humanidad. La esencia del cristianismo es el seguimiento de una persona concreta, en quien profesamos nuestra confianza como Señor y salvador.

Jesús es una persona viva, en quien puedo confiar y amar con todo mi ser. Tiene un rostro y un cuerpo, vive y actúa hoy y me sale todos los días al encuentro, y si yo tengo suficiente fe se establece una experiencia única de amistad que me llevará a la santidad. Su persona será mi Todo y mi respuesta de amor será el escuchar y cumplir su Palabra.
Proclamar a Jesús como Señor y Salvador es una confesión que anima nuestra vida, en medio del miedo y la incertidumbre. Esta confesión nos comunica la paz y la seguridad que necesitamos para ir adelante en la vida. Dice el evangelio: “El que escucha mis palabras es como un hombre prudente que construye su casa sobre roca” (Mt 7,24), pues bien, esa roca es Cristo que garantiza la firmeza necesaria para levantar una sólida construcción que resista a los terremotos e inclemencia del tiempo.

“Rechazar el Señorío de Jesús en nuestra vida equivale a envilecerse, amargarse y perderse” (Cincelazo. 902).

5. “ORDENAR TODAS LAS COSAS EN ÉL” (Col 1, 15-16)
“Él es la imagen del Dios que no se puede ver, el Primogénito de toda la creación, ya que en Él fueron hechas todas las cosas; las del cielo y las de la tierra; lo visible y también lo invisible.

Gobiernos, autoridades, poderes y fuerzas sobrenaturales.
Todo fue hecho por medio de Él y para Él”.

Ante las constantes dudas y tentaciones de la vida, es fácil, desconfiar de Cristo y buscar “otros caminos” de felicidad. En este texto, San Pablo nos presenta, con mucha fuerza y claridad, quien es Cristo. En otras palabras, Cristo es verdaderamente el único Salvador, pues Él mismo es el, mediador de la creación. Por Él Dios creó todo y por Él Dios lo Salva todo. Todo está ordenado en Él y todo pertenece a Él, incluso los ángeles y las fuerzas invisibles.

Por ello, nunca puede considerarse a Cristo a la altura de otros fundadores de religiones por más santos que éstos sean, por ejemplo, Buda, Mahoma, Confucio. Ni menos aún con personajes líderes como: Gandhi o el Ché Guevara. Cristo es el primero en todo, entre todas las creaturas, pues sólo Él nos salva de la muerte.

Ordenar nuestra vida en Cristo significa aceptarlo como Señor y hacer opción por su evangelio que me anima a descubrir en concreto ¿Cuál es el plan de Dios para mí? ¿Cómo respondo al amor de Jesucristo? ¿Cuál es mi misión? Y una vez que la voy descubriendo, ponerme en marcha con disponibilidad y mucha generosidad.




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