sábado, 24 de septiembre de 2016

Efusión del espíritu santo 4to tema del curso vida en el Espíritu Santo

4ta Lección

Efusión del Espíritu Santo
El libro de los Hechos de los Apóstoles llamado con justa razón: “El evangelio del Espíritu Santo” nos muestra las maravillas realizadas por el Espíritu Santo en la Iglesia naciente. Como una continuación normal y réplica de lo
realizado por Jesús, ahora la tercera Persona de la Santísima Trinidad, no queda ignorada. Es el Espíritu Santo, el prometido, el protagonista que empuja y realiza la obra misionera.

Esta efusión, que se da en Pentecostés, nunca ha acabado. El Espíritu Santo, el prometido, el protagonista que empuja y realiza la obra misionera.

Esta efusión, que se da en Pentecostés, nunca ha acabado. El Espíritu Santo sigue formando Iglesia y animando a ésta para que cumpla su misión. Por ello, es preciso hacer una mirada de conjunto sobre este acontecimiento, que sigue siendo un modelo para toda comunidad que desea verdaderamente llevar el mensaje de salvación a todos los hombres.

1.PENTECOSTÉS
Comenzamos por revisar el texto clásico de:
Hechos 2,1-12

A San Lucas, el autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, le gusta mostrar los efectos y las acciones visibles del Espíritu Santo. Su objetivo es presentar al Espíritu como una potencia de fuerza insospechada e inagotable que asegura que el mensaje del Evangelio llegue a los confines de la tierra. Insistimos en este aspecto de fuerza creadora, porque es en este momento en que la comunidad cristiana toma conciencia de su razón de ser; se da cuenta de que está hecha para la misión de anunciar la Buena Nueva a toda la creación.

“De pronto vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban” (v.2).
Del mismo modo en que Dios en el Génesis, “sopló en sus narices, aliento de vida y existió el hombre” (Gén 2,7). Así también el viento es el rasgo evidente de que algo se pone en marcha. El Espíritu Santo es el impulso vital de la Iglesia, es decir, su alma.

La palabra efusión significa desbordarse, salirse de sus límites, no poderse contener. Y es que tan grande es la fuerza del Espíritu que se derrama en amor por todos los hombres; llena toda la Iglesia, la empuja en su accionar y no es posible detenerla.

“ Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de ellos”(v.3.)El fuego también encierra un gran simbolismo. El fuego calienta, purifica, ilumina, propaga y quema. Significa la presencia ardiente del amor de Dios, que purifica todo temor, que enciende los corazones para que el hombre pueda predicar el Evangelio con valentía. Las lenguas simbolizan el servicio específico que Dios quiere en la predicación de su Palabra.

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar” (v.1). Estas palabras no nos indican tan solo un agrupamiento externo, sino “comunión” y “unión de corazones”, Hech 1,14 se refiere que esta naciente comunidad, “perseveraba en oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús y de sus hermanos”. La figura de la Virgen María, sin parecer exagerados, es indispensable para que la naciente comunidad pudiera orar con insistencia. Ella “calienta” nuestra oración para que ésta no desfallezca. Su súplica incesante nos gana el máximo don: el Espíritu Santo.
Pentecostés es un acontecimiento comunitario por excelencia, ya que advertimos que el Espíritu se derramó a una comunidad entera reunida, no sólo a los Apóstoles ( la Escritura cita que en ese lugar había alrededor de 120 personas, cfr. He 1,15). Y después del discurso de Pedro, a todos los que se convirtieran ( He 2,38-39).

Al mirar de conjunto esta escena de Pentecostés descubrimos que éste es un modelo de actuación del Espíritu, modelo que sigue actual y vigente. Realmente, la oración comunitaria nacida de la toma de conciencia de nuestros límites y el anhelo de una Iglesia renovada, nos hace pedir el Espíritu Santo. Precisamente Juan XXIII al comenzar el Concilio Vaticano II pidió por un “nuevo Pentecostés” con la esperanza de sanar la esclerosis de la estructura eclesial.

Con este acontecimiento se inicia una nueva era en el mundo, termina la antigua fase de la ley y de la esclavitud y principia la del Espíritu y de la libertad, porque gracias al Espíritu recibimos el ser hijos de Dios y nos abrimos a la experiencia de una libertad verdadera.

Es importante notar, que la venida del Espíritu Santo permite a los hombres entenderse. Muchas veces se compara este acontecimiento como uno opuesto al de la “Torre de Babel”, por el cual los hombres se dividieron. Ahora, gracias al Espíritu, el lenguaje del amor, los hombres podemos entendernos y reconocernos como hermanos.

Se habla de un doble movimiento vital que impulsa el Espíritu Santo. Por una parte, una fuerza centrípeta (“que acerca el cuerpo al centro”) y nos une más íntimamente como comunidad, y por otra parte, una fuerza centrífuga (“que aleja al cuerpo del centro”) lo que impulsa a salir a anunciar la Buena Nueva de Dios.

Como podrá deducirse de esta reflexión, realmente falta la presencia del Espíritu para que la comunidad ame más. Si no hay fuerzas para evangelizar, si no hay unidad en la comunidad eclesial, simplemente con dolor lo podemos afirmar: “No hay espíritu Santo”. El cincelazo No. 792 nos dice: “ Si el Espíritu Santo es amor, lógicamente es dinamismo. Consecuentemente el que es comodín o flojo está vacío de Él”.

2.OTRAS MANIFESTACIONES
No hay solo un Pentecostés, sino muchos que se van repitiendo a lo largo de la historia. El libro de los Hechos nos cita por lo menos otras cuatro ocasiones en que el Espíritu Santo hizo sentir su presencia.

Veamos:
Hechos 4,29-31 En este texto llamado “pequeño Pentecostés” nuevamente el Espíritu Santo se manifiesta impulsando a los Doce a predicar el Evangelio con valentía:
“Cuando terminaron su oración, tembló el lugar donde estaban reunidos y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a anunciar con seguridad la Palabra de Dios”.
En todo el libro de los Hechos de los Apóstoles nos maravilla el contraste entre los Apóstoles de antes y después de Pentecostés. Antes: timidez, miedo y debilidad; después: fuerza, astucia y valentía.

Si nosotros sabemos pedir en los momentos de apuro, siempre el Espíritu sale en nuestra defensa para vencer el miedo. El Espíritu es la fuente de la audacia misionera. Así, los Apóstoles no pidieron la gracia de salvarse, esconderse o protegerse, pidieron más bien anunciar con valor la Palabra. Hoy vivimos tiempos difíciles, en los que hay un rechazo general a la Palabra y a todo aquel que la predica. Es Este momento, cuando hay que sostenerse y no dejarse vencer. Si el cristiano quiere lograr algo para el reino de Dios, tiene que “saberse fajar”. Y todo esto lo logra el Espíritu Santo.
Hech. 8, 15-17 En otro testimonio de manifestación comunitaria del Espíritu Santo. Los Apóstoles imponen las manos para que se hiciera efectiva la presencia del Espíritu al que descubrimos como el protagonista de la evangelización. Él impulsó a los Apóstoles a Samaria, Él los fortalece para la predicación y Él mismo hace fecunda esta obra. Como nos damos cuenta, el hombre es sólo un instrumento que ya hace bastante con no estorbar.

Hech 10,44-46 Esta es una cuarta efusión del Espíritu en la Iglesia primitiva. La nota característica de ésta, es que el Espíritu llena los corazones de personas que todavía no han recibido el bautismo, mientras están embebidas escuchando la Palabra de Dios.

Esto nos lleva a comprender que el Espíritu Santo no hace distinciones. Él, como Persona divina goza de soberana libertad para manifestarse cuando quiere y como quiere. Y así lo mismo recibe el Espíritu un apóstol como Pedro que un pagano.

Habitualmente el Espíritu sigue un esquema que se advierte en la tradición: Bautismo-Imposición de manos-Efusión. Pero esta vez, el Espíritu rompe el esquema de forma desconcertante. La enseñanza es clara: no debemos caer en la tentación de querer atrapar al plan de Dios en nuestros esquemas o someterlos a nuestros juicios. “Donde está el Espíritu del Señor esta la libertad” ( 2 Cor 3,17).

Hech 19,1-6 Estos hombres de Éfeso habían recibido el bautismo de Juan, es decir estaban convertidos y dispuestos; pero les faltaba el Espíritu del que ni siquiera habían oído hablar. Al escuchar la predicación de Pablo decidieron recibir el bautismo cristiano “y vino sobre ellos el Espíritu Santo, hablaron en lenguas y profetizaron” (v.6).
Es gusto del Espíritu Santo querer manifestarse preferentemente entre los grupos paganos, como para hacernos comprender a todos que nadie puede circunscribir su poder en un solo pueblo. No hay un solo Pentecostés sino muchos que se van repitiendo para todo tipo de creyentes y hasta para los no creyentes.

Los dones recibidos son la expresión maravillosa que testifica la presencia del Espíritu y que impulsa a este pequeño grupo a anunciar el Evangelio en los ambientes más fríos y más difíciles. Por ello, no perdamos la esperanza que esos ambientes filosóficos y científicos de las universidades, semejantes a las comunidades griegas que Pablo evangelizó puedan ser transformadas por el poder del Espíritu en comunidades florecientes que extiendan la fe en la juventud de nuestro país. ¡Puede ser un sueño! pero por lo que hemos visto a lo largo de los Hechos de los Apóstoles, para el Espíritu Santo, no hay imposibles.

3. LOS CARISMAS
1 Cor 12-13 El mismo Espíritu que obra en todos (aunque no todos se den cuenta de ello) suscita infinidad de dones y carismas con el fin de edificar la comunidad y convertir a está en “el Cuerpo de Cristo”, es decir un modelo de servicio y fraternidad que transparente al Dios vivo.

Todo este texto es riquísimo y puede abordarse de muchas maneras, Sólo queremos hacer notar algunos puntos que por ser evidentes suelen pasar desapercibidos.

1.- El primer don fundamental suscitado por el Espíritu Santo es la fe, ya que “nadie puede decir Jesús es Señor sino guiado por el Espíritu Santo” (12,3).

2.- Aunque tradicionalmente se presentaban siete dones del Espíritu Santo, hoy podemos decir, apegados a la Sagrada Escritura, que no hay una lista fija e invariable de estos. El Espíritu hace brotar infinidad de dones y carismas.
La diferencia entre estos dos términos es casi nula. Aunque algunos prefieren llamar dones a aquellas virtudes que Dios nos da para mantenernos firmes en la fe y sirviendo a la comunidad ( temor de Dios, sabiduría, justicia, etc.). Los carismas más bien son presentados como cualidades espontáneas de acuerdo al temperamento personal (alegría, gentes, mansedumbre, etc.)

3.- Todos estos dones y carismas, a pesar de su gran importancia para el desarrollo de la Iglesia -pensemos por ejemplo en el don de profecía- son insignificantes en relación al máximo don es la caridad.

Nos quedamos con esta idea de que la caridad es el don más exquisito del Espíritu Santo que todos debemos ambicionar. Para ello conviene plantear la regla de oro de toda vida espiritual: “No apaguen el Espíritu, no desprecies lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1 Tes 5, 19-21).



Aquí el audio de este tema

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