sábado, 24 de septiembre de 2016

Necesidad del arrepentimiento 5to tema del curso vida en el Espíritu Santo

5ta Lección


Necesidad del Arrepentimiento
Para dar un primer paso en la renovación espiritual de nuestra vida es preciso hacer un acto de arrepentimiento, es decir, hacernos capaces de reconocer el pecado en nuestra vida y como consecuencia, tomar la firme decisión de no
volver a pecar. Este arrepentimiento que equivale a una conversión, es el fruto de la acción eficaz de la Palabra. El creyente que es fiel a la escucha de la Palabra va reconociendo cada día con mayor claridad y crudeza su real condición de pecador y al mismo tiempo la infinita misericordia de Dios que nos levanta para poder seguir en su camino.

1. LA REALIDAD DEL PECADO
Muchos hombres de nuestros días niegan la realidad del pecado y aún muchos creyentes piensan que no es necesario el perdón de Dios y contagiados por el pensamiento “moderno” conciben el pecado sólo como una sugestión de las almas débiles.

Sin embargo, tenemos que aceptar esta realidad porque hay signos evidentes de su existencia que nos revelan que el hombre está en desacuerdo con Dios y con su propia naturaleza. El primero de estos signos, es una “deshumanización, es decir, al pecar no sólo ofendemos a Dios sino la misma imagen divina que somos los hombres; es una lesión a nuestra dignidad de Hijos de Dios, perdemos nuestras expectativas y el sentido de nuestra existencia. Llegamos pues a comportarnos como unos animalitos sin inteligencia ni libertad ¡Nos autodestruimos! El pecado es la negación de lo que construye al hombre de verdad, puesto que el plan de Dios es hacer que la creatura humana llegue a un estado de hombre realizado.

Otro signo aún más evidente, consecuencia característica del pecado, es el sufrimiento. En muchos pasajes de la Sagrada Escritura vemos como el hombre busca encontrar la causa de los sufrimientos que padece y muy frecuentemente piensa que ese sufrimiento es por causa de sus pecados y que está recibiendo el castigo merecido por sus faltas. ¿Cómo comprender todo el sufrimiento en la vida del hombre? Jesús afirma que la causa del sufrimiento va mucho más allá del pecado personal (Jn 9,1ss). Al experimentar nuestra real condición de creatura en lucha con la naturaleza y con nuestras mismas limitaciones, experimentamos inevitablemente situaciones dolorosas. En la misma línea, aunque el pecado no es sólo una realidad interior, su existencia genera una impresión de remordimiento o un sentimiento de culpabilidad. Estos sentimientos no son totalmente objetivos, es decir, que a veces no se notan. Por ejemplo, el rey David, no sintió de momento, las consecuencias de su pecado y disimulaba su culpabilidad (2 Sam 11ss). Y así, todos los hombres, en mayor o menor grado, procuramos negar nuestra culpabilidad en algunos sectores de nuestra vida. Jesús expresa el ocultamiento de nuestra culpabilidad, cuando dice a quienes lo rodean: “La Luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas: ahí está la condenación. El que obra mal, odia la luz y no viene a la luz, no sea que su maldad sea descubierta y condenada. En cambio, el que camina en la verdad busca la luz, para que se vea claramente que sus obras son hechas según Dios” (Jn 3, 19-20). Siempre que nos dejamos cuestionar por la Palabra, esta pone de manifiesto nuestros egoísmos e intentos por justificar nuestra culpabilidad.

2.NADIE ESTÁ SIN PECADO
Un buen comienzo para una reflexión es aceptar el principio “Nadie está sin pecado”. Por supuesto que es preciso tener una idea clara de lo que es el pecado. Expresiones como “No puedo encontrar pecados que confesar” o “Yo no tengo pecados”, hacen ver nuestro pobre conocimiento de la Palabra de Dios o quizás la palabra pecado ha dejado de tener impacto o carece de significado para el hombre de hoy.
Antes, por decir, el concepto de pecado nos llevaba a una temática de tribunal. Se hablaba de un juez divino y de sanciones. Se ponía acento sobre el tema del temor y se invitaba a cada fiel a confesar todos y cada uno de sus pecados. se utilizaba el símbolo de la mancha, que nos hacía pensar en el pecado como una realidad individual sucia y contagiosa, poniéndose un énfasis sobre todo en lo sexual.

Gracias a la Sagrada Escritura, hoy nos vamos abriendo hacia una noción mucho más moderna y apegada la Misericordia de Dios, “que quiere que todos los hombres se salven” En vez de suscitar miedo, la Palabra suscita confianza. Se quita el símbolo de la mancha y se destaca la Relación con Dios y con los demás.

La definición “antigüita” de pecado como una “ desobediencia voluntaria de la ley de Dios, es decir, hacer una cosa mala sabiendo que está prohibida” no parece satisfacer al hombre de hoy y más bien se prefiere hablar de pecado como una negativa al plan amoroso de Dios o rechazar la propuesta de Cristo. Por lo tanto hablamos menos de ley y más de una experiencia de amor. En realidad, sólo el amor es la fuerza que nos empuja para una conversión verdadera, “a fuerzas ni los zapatos entran”. Un cristiano que no ha experimentado un encuentro con Cristo, pocas fuerzas tendrá para decidirse por un verdadero cambio.

3.A LA LUZ DE LA PALABRA
La Palabra de Dios que ilumina nuestra vida, nos permite ir reconociendo las actitudes y acciones que no corresponden al infinito amor de Dios que se nos ha revelado en Cristo. Es Clásico el examen de conciencia a la luz de los diez mandamientos, interpretados por supuesto en clave cristiana (Ex 20,1-17). Estos me descubren que el único mandamiento es el amor que se debe expresar en tres direcciones: Amor a Dios, amor al prójimo, amor al universo.

Amor a Dios
Los primeros tres mandamientos nos cuestionan si de verdad hemos tenido a Dios como primer valor. Una vez que hemos conocido el amor de Dios debemos, como respuesta de agradecimiento creer y dar testimonio de Él, a través de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Las dudas, la incredulidad, la desesperanza y la presunción son las faltas comunes. Así también, la tibieza y la pereza son las ofensas más claras contra la caridad.

Capítulo aparte merecen las supersticiones que nos hacen dar la espalda a Dios y entregarnos a tantas tonterías (horóscopos, magias y brujerías) que nos ponen en las manos del demonio. La falta de oración y poner nuestra confianza en los bienes materiales también son fallas comunes entre los que nos esforzamos en cumplir con la Palabra de Dios. El tercer mandamiento nos hace reflexionar sobre el cumplimiento de nuestros deberes religiosos, considerándolos como las grandes oportunidades que nos llenan del amor de Dios.

Amor al prójimo.
El verdadero amor a Dios es el verdadero amor al prójimo, porque: “El que dice «Yo amo a Dios». Y odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quién no ve, si no ama a su hermano, a quien ve? Él mismo nos ordenó: el que ame a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4,20-21). El cuarto mandamiento son un llamado de amor a la vida que es sagrada en todos sus aspectos. La persona humana siendo imagen y semejanza de divina merece todo nuestro amor y respeto. Causar la muerte de una persona, lesionar su dignidad o impedir su realización es atentar gravemente contra la santidad de su Creador.

La eutanasia, el aborto y el suicidio son claras faltas de este amor universal que debemos a la persona. Así también todo lo que atenta contra la realización personal es una falla. El chisme o el escándalo pueden constituir faltas graves. Los desórdenes de la sexualidad, como la lujuria, la fornicación y la pornografía también pretenden utilizar a la persona como objeto de placer, de este modo la sexualidad pierde su sentido esencial, pues es fundamentalmente un don de Dios para la comunicación de la pareja que se ama.

Todas las acciones de injusticia como el robo, la irresponsabilidad a nuestro trabajo o quehaceres es una infidelidad a nuestro prójimo a quien debemos una ayuda concreta. En esta línea nuestra opción debe ser primeramente los pobres y necesitados que sufren más duramente las consecuencias de nuestros egoísmos.

Amor al universo.
En cuanto al amor al universo, hablábamos de que ya de por sí, el pecado es una agresión contra nosotros mismos que somos creaturas divinas y dañamos la dignidad con la que Dios enalteció a toda la creación. Estamos llamados a amarnos unos a otros como el mismo Dios nos ama. Es un llamado a vivir en la verdad y a estimarnos siempre como hijos muy amados de Dios.

Y así, toda la Sagrada Escritura, como una “lámpara para nuestros pasos” nos acompaña a lo largo de nuestra vida para iluminar el “fondo sin fondo” de nuestra miseria. La conversión precisamente está en esto: Cada día descubrir con dolor nuestra condición pecadora y al mismo tiempo acogernos a la infinita misericordia de Dios. Así el camino del convertido es el de reconocerse como un “pecador amado”.



Aquí el audio de este tema



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